domingo, diciembre 03, 2006

La maduración de México

JMB
El Guardián, diciembre 2, 2006

En el libro Camino sin ley (1939) el escritor inglés Graham Greene (1904-1991) sugiere que México no le agrada del todo. La razón es más o menos simple: en su opinión, el mexicano es un pueblo inmaduro. Más allá de las condiciones de pobreza extrema que encuentra durante su viaje al sur del país, en plena época de la persecución anticlerical, lo que molesta a Greene es esa actitud festiva de los pobladores que, a pesar de representar un espíritu lúcido y creativo, esconde una profunda banalización de los temas cruciales para la vida social.

Este ejemplo sintetiza un largo debate en el que las opiniones se han dividido. Para un sector de la población no se trata de inmadurez o superficialidad, sino de la tradicional y siempre abundante mexicana alegría. La misma que hace que se rinda culto a la muerte burlándose de ella, que canta en lugar de llorar ante sus múltiples desgracias y que siempre, invariablemente siempre resulta triunfadora en las historias ficticias en las que compite contra otras nacionalidades.

Para otro sector, esta teoría es verdad. La rumba y la romería de los mexicanos es muestra no sólo de un carácter netamente bullanguero, sino de una actitud social negativa: ahí donde se alardea de sabor existe algo que requiere solución mediante acuerdos y trabajo en equipo. En otras palabras, que nuestra tendencia hacia la fiesta es una manera sutil de dejar en la lista de pendientes los asuntos que requieren cierto compromiso al momento de afrontarse.

Ambas posiciones tienen algo de razón, sin duda. El punto es que, al parecer, la segunda ha llevado la delantera de alguna u otra manera. Los largos 70 años del régimen priísta, por ejemplo, retrasaron la maduración política de los mexicanos. Los acontecimientos que hemos presenciado y experimentado en los últimos meses abonan también a la validación de esta hipótesis.

Al respecto, dos botones de muestra. El pasado 20 de noviembre Andrés Manuel López Obrador, ex candidato en las presidenciales de julio por la Alianza por el Bien de Todos, tomó "posesión" como "presidente legítimo" ante una multitud reunida en el Zócalo de la Ciudad de México. Ahí ha rendido protesta y ha anunciado una serie de 20 puntos que llevará a cabo en los próximos días, meses y años.

Días después, el martes 28 de noviembre diputados federales de las fracciones del PAN y el PRD protagonizaron una batalla campal por el control de la tribuna de San Lázaro. Ante el rumor de un madruguete por parte de ambos grupos en su afán de garantizar o boicotear –según sea el caso—la toma de posesión de Felipe de Jesús Calderón, presidente reconocido por las instituciones del país, los legisladores se atrincheraron, se retaron y llegaron a las manos.

La situación ha permanecido hasta la mañana del viernes 1 de diciembre, fecha en la que, por fin, se ha develado el misterio: Calderón ha pronunciado las líneas correspondientes de la Constitución por lo que ha cumplido el ritual y se ha convertido en el titular del Ejecutivo Federal para los próximos seis años.
Ambos hechos han mostrado, casi de manera simultánea, las áreas pendientes de maduración y aquellas en las que ya se notan los frutos de nuestra transición. Veamos.

Más allá de que la toma de "posesión" de López Obrador haya representado una válvula de escape y una manera de hacerse presente por parte de los simpatizantes de este político, muchos de ellos agraviados por un presumible fraude electoral, lo que hemos visto ese día también ha sido una representación tragicómica.

Una cantante y una escritora entregan el "reconocimiento" como presidente legítimo al ex candidato. Dicha constancia se obtuvo de una votación multitudinaria y realizada en segundos en la plaza mayor, sin métodos de conteo confiables y sin cubrir los requisitos de discusión amplia que se plantearon al principio. Luego, la senadora Ibarra de Piedra le ha colocado una "banda presidencial" alternativa (al revés, por cierto) y así, sin más, contamos con dos "presidentes" en el país.

Sin embargo, no ha quedado claro bajo qué reglas operará. Es decir, si a través de aquellas por las que compitió y por las que su partido obtuvo importantes posiciones en el Congreso y en los gobiernos subnacionales, o bien, si se creará todo un régimen especial por el que se cobrarán impuestos, se garantizará la seguridad y se implementará una administración pública similar.

Frente a esto, lo ocurrido en San Lázaro tampoco ha desmerecido. Primero, como si se repitiesen las imágenes de una acalorada discusión escolar, los representantes populares demostraron que poseen más de lo segundo que de lo primero. Sin embargo, después de la trifulca, de los dimes y diretes, y del lanzamiento de latas de refresco, a medianoche los legisladores montaron una especie de bohemia en la que se entonaron de manera sentida diversas canciones de la tradicional mexicana alegría. Todo en directo a través del Canal del Congreso.

En contraste con estos acontecimientos, la evidencia de una cierta maduración en la sociedad mexicana se ha apreciado en la propia ciudadanía. En la que no ocupa posiciones públicas y en la que experimenta en carne viva los problemas del país en el día a día. Uno supondría que lo ardiente de las imágenes televisivas se transmitieran y se reprodujeran en los ánimos de la gente, tornando la situación al borde de la ingobernabilidad. Afortunadamente, esto aún no ha sucedido.

Al parecer, esto se ha debido a que ha sido en una porción de la gente –quizás en una mayoría simple—donde más se ha avanzado en la asimilación del concepto de democracia. Es decir, donde ha arraigado la idea de que se trata de un sistema político que no significa la resolución inmediata de los asuntos pendientes, que no es el pasaporte hacia un escenario ideal, que no significa la disminución de los rezagos, pero que implica el establecimiento de reglas para la resolución de los conflictos de una forma más racional.

Para finalizar, una cita de otro extranjero que radicó en el país, el cineasta español Luis Buñuel. En su libro de memorias, Mi último suspiro (1982), afirmó que México jamás sería un país fascista: se lo impide la corrupción.

Lo que esperaríamos es que cada cosa ocupe su lugar. Fiesta cuando haya que celebrar, seriedad cuando haya que afrontar problemas.