martes, noviembre 29, 2011

Circunstancias

A diferencia de la otra etapa de esta bitácora, ahora ya casi no entro diario, aunque siempre hay cosas nuevas por contar.

Una de ellas es la mala pata que trae --o que dice traer-- la gente que está a mi cargo en esta oficina burocrática. Me refiero a que siempre les (nos) pasa algo que impide que nuestra vida normal y cotidiana transcurra bajo los cánones de la vida normal y cotidiana en cualquier dependencia. Para no hacer el cuento largo, vean ustedes unos ejemplos.

Ayer me envía un mensaje de texto al móvil alguien diciéndome que se le averiaron dos neumáticos por haber caído en un bache. Esta persona también ha estado reportando a un familiar enfermo, por lo que ha tenido que acompañarlo a la sala de urgencias y/o a consulta con su médico. Bueno. Ayer también otro personaje me pidió no venir temprano porque iba a firmar algo de bienes raíces y, claro, antes había que realizar toda una serie de trámites en una oficina que, claro también, está muy lejos de donde venimos a trabajar. Bueno. Hoy por la mañana recibo una llamada al móvil de otra persona que, entre angustiada y enojada, me dice que le han pegado a su coche y que no sabe si vendrá porque está esperando al seguro y porque el tipo que les pegó "se puso pesado". Bueno. Yo mismo, hoy por la mañana, he llegado tardísimo a la oficina porque --según yo-- hay mucho tráfico por toda la serie de obras que se están realizando de manera simultánea en esta ciudad.

Como pueden ver, la mala vibra parece que campea alegremente por estos pasillos y hace de las suyas entre la gente que los habitamos más de 10 horas al día. Creo que es necesario un proceso de exorcismo, o bien, ir a una misa de fin de año para solicitar al Creador que nos proteja de tanta mala suerte.

Como punto final, la misma persona que me dijo que se le habían ponchado las llantas me avisó anoche que siempre no, que se salvaron.

¿Ustedes le creen? Yo tampoco.

jueves, noviembre 10, 2011

Grilla

Al ingresar a trabajar al sector público, por ahí de 1997, imaginé que mi desempeño se basaría en mostrar aptitudes de eficiencia en las tareas encomendadas. También en servir al Estado y, por ende, en ayudar en algo a mejorar la situación del país a través de la administración pública. Yo, aunque alumno de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública, al final, provenía de un medio en el que lo predominante no era lo político.


Sin embargo, con el paso del tiempo fui conociendo o, al menos, teniendo cada vez más en claro el concepto mexicano de grilla. Esa actividad que va de hacer política de alto nivel hasta volverse un vividor de los rincones oscuros de la mentira y la intriga.


En el Ministerio la viví, claro, en los niveles en que me permitieron mis categorías laborales y, sobre todo, la gente que estuvo a mi alrededor. Pero aquí, donde ahora estoy, que es en parte la continuidad de lo que tenía antes, la he experimentado en carne viva, por decir lo menos. Grilla pura y dura. La misma que implica endurecer el estómago y las vísceras, así como saber que en esta existencia hay que hacer el bien y hacer el daño, sólo por simple supervivencia.


Me llama la atención la naturaleza de las personas. Ese afán que tienen algunos de estar siempre en el ajo y dedicar gran parte de su vida a los problemas, tanto a generarlos como a hacerlos grandes. ¿No tienen otras aspiraciones? Yo me dirijo a mi lugar de trabajo con la intención --en general-- de que los asuntos sean atendidos y en resolver los puntos de la agenda. Pero veo que hay personas cuya máxima aspiración es trepar, subir, reformular la idea de arribismo y, sobre todo, aspirar a uno o varios puestos que, en su opinión, se merecen. Es decir, en grillar para su beneficio personal, por joder a los demás y en vivir a salto de mata sin confiar en nada ni en nadie. Y en eso no les importa pasar por encima de cualquiera, en mentir, en hacer alianzas dudosas, en ir en contra de principios y valores que, pienso, todos compartimos como básicos.


Pero, al igual que me percaté al ingresar al sector público, mi espíritu naive permanece.


Continuaré...

viernes, octubre 28, 2011

La entrada 2 mil 43

Estaba escribiendo la entrada 2 mil 43 --como dice el título-- y en eso me encontré un anuncio que decía "prueba la nueva interfaz de Blogger", o algo así, a la cual hice click y me trajo a esta página, muy bonita, muy pulcra, muy novedosa, pero que me ha hecho perder, precisamente, la publicación 2 mil 43 de este blog.


Bueno, tampoco se trataba de que lo que había puesto era la mar de trascendente. Pero ante el escenario de que aún no hecho a andar la maquinaria en esto del renacimiento del Sex d' Bur cada texto es una pequeña obra artesanal que hay que cuidar. Me refiero a que antes podía entrar y contar cualquier estupidez, y ahora como que aún no me adapto, como que las publicaciones salen a cuentagotas, con un cuesta arriba permanente, aunque tengo la necesidad de seguir contando estupideces.


En iTunes suena Sabina con Whisky sin soda, extraída del En directo. Sólo cumplo años los años bisiestos que acaban en dos. Y, por cierto, esta frase me recuerda que la fiesta bienal por mi cumpleaños se acerca peligrosamente sobre el horizonte. Pronto cumpliré 36 y, según dicta la tradición y los usos y costumbres, deberé montar una celebración a la que invitaré a..., bueno, a los que quieran ir.


Mientras buscamos oficios, leemos oficios, pensamos oficios, redactamos oficios y nos regimos por oficios, una pequeña mirada de nostalgia se dirige hacia esta hermosa tarde de otoño de cielo azul y aire frío.

lunes, octubre 24, 2011

Cosas que no cambian

Como he mencionado, ahora me encuentro en otro ámbito laboral. Universitario, también, pero diferente. Repito, otro municipio, otro estado, otra realidad. Pero hay cosas que no cambian, por ejemplo, cuando alguien ingresa al cubículo y lo primero que hace es echar una mirada --a veces sin un dejo de discreción-- al monitor de la computadora, o bien, revisar de pe a pa lo que hay encima de mi escritorio. Así son estas cosas.

Recuerdo que antes me quejaba de toda la gente que pasaba por afuera de mi antiguo cubículo. Bueno, eso era nada en comparación con lo que hay ahora. Toda una verdadera avenida. Así son estas cosas.

Durante una década tuve una estabilidad laboral que rayaba en el inmovilismo. Ahora, en tres años he cambiado dos veces de lugar de trabajo. Todo un proceso que implica adaptarse a las nuevas circunstancias, a la gente, a los horarios, a las responsabilidades. Por ejemplo, la más dramática por estos días es precisamente el horario. Paso alrededor de 12 horas en este sitio, en ocasiones hasta 14 cuando tengo la clase. Si a eso sumamos la hora de ida y la hora de venida tendremos una jornada que no envidiarían los esclavos del sur de Estados Unidos en su época. Así son estas cosas.

Leo menos. Otra observación. Antes, cuando viajaba en el transporte público terminaba algún libro y toda la Letras Libres del mes. Ahora no. Con el coche, más cómodo y con mayor libertad de movimiento (en teoría) no tengo la opción leer porque sólo está la opción estar atento y/o escuchar música. Así son estas cosas.

Advierto un desánimo en estas primeras publicaciones de lo que en teoría será la segunda etapa del Sex D' Bur. Puede ser que se deba a lo terrible de los lunes o a una cuestión más de fondo. Me inclinaría hacia la segunda posibilidad.

Lunes

Todos los lunes me recuerdan lo difícil que son estos días, ahora con el extra de ser fecha hábil docente y con frío extremo. Estoy aquí sentado frente a la computadora en mi lugar laboral, intentando echar a andar la maquinaria, pero no puedo. El diario no llegó a tiempo a la casa y no tengo manera de cumplir el ritual de leer --al menos-- la primera plana antes de zarpar. La clase de hoy estuvo bien, pero consume gran parte de todas las energías que tengo para el día entero. Tengo los ojos llorosos, escalofríos y pereza. Me he tomado un café, aunque sin demasiado éxito. No he desayunado (salí a las 06.30 de casa) y espero a que llegue mi pedido de la cafetería. Tengo una línea de una canción pop de la década de 1980 rondando por mi cabeza: creo que haciendo el tonto por la vida voy.

martes, octubre 18, 2011

¿Hay alguien aquí?

Qué extraño volver a ver la pantalla en blanco desde donde se pueden publicar las reflexiones y las anotaciones en este blog. La misma que vi durante los seis años de vida de este sitio. Ahora se trata de una circunstancia totalmente distinta: estoy en un nuevo escritorio, frente a una nueva computadora, en otro cubículo, en otro municipio, en suma, en otra trinchera que, afortunadamente, sigue siendo burocrática.

Hace poco hablé con mi colega Paco por su cumpleaños y le pedí que revisara nuestra antigua creación. Después de aclararle que había limpiado un poco la maleza que había crecido sobre las publicaciones de forma nociva como cuando la hierba crece en un jardín que no se cuida regularmente, le avisé que "algo había". Bueno, ese algo es este intento de regreso.

Sé que de concretarse rompería la promesa de darle un ciclo bien definido de vida a este sitio. Del 18 de septiembre de 2003 al 18 de septiembre de 2009. Tal y como lo cumplimos con todo el carácter riguroso del asunto. Pero...

Creo que hay una necesidad de escribir que no se puede contener. No es afán de protagonismo, ni de ganar preseas, ya ni siquiera de enamorar chicas. No. Simple y llanamente se trata de esa --repito-- necesidad de decir cosas que uno no puede guardarse. Al menos no en términos escritos. Casi estaría convencido de afirmar que si no se escribe uno puede volverse más agrio que de manera convencional.

Así que, aquí estoy. El martes 18 de octubre de 2011. Enfrentándome a la hoja virtual en blanco del Sexacional de Burócratas, escuchando a The Strokes en iTunes y pensando que aún puede haber un diálogo en estas ventanas de la burocracia.

¿Hay alguien del otro lado?

jueves, octubre 13, 2011

El Regreso

Creo que debería ser tiempo de que este blog tome un nuevo aire....

viernes, septiembre 18, 2009

La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre nada sobre la mentira, como el aceite sobre el agua.


SEXACIONAL DE BURÓCRATAS

Adiós

Es difícil redactar una despedida como se debe. Este texto lo he venido pensando desde hace mucho tiempo. Quizás desde que se inició esta bitácora. Pero por fin ha llegado el día.

Fue, para ser exactos, hace seis años, el 18 de septiembre de 2003. Desde entonces comenzó esto y hasta hoy. Recuerdo que la primera vez que vi en Internet nuestro espacio fue en un cibercafé de la calle Fernández del Castillo en la colonia Villa de Cortés. Yo vivía a unos cuantos pasos de ahí y, aunque tenía un ordenador en mi piso, no tenía el servicio de la red. Para salir de la rutina de esa noche dirigí mis pasos al estanquillo que rentaba computadoras, vi un correo electrónico de mi colega Paco que me anunciaba el acontecimiento, ingresé a la página y lo vi: la primera noche en la Tierra del Sexacional de Burócratas.

El año 2003 fue particularmente difícil, casi tanto como lo fue después 2007, El Año Cabrón. En aquel tiempo me había sucedido de todo. Por un lado, en febrero 14 me había percatado del surgimiento de un sinnúmero de pequeñas erupciones en mi piel cuando me terminaba de duchar. A diferencia de lo que sucedió en la misma fecha, pero seis años después, no se trataba de urticaria o angioedema, sino más bien de un súbito ataque de varicela a deshoras. En efecto, yo tenía ya por esa fecha 27 años y, la verdad, jamás me imaginé que un contagio viral benigno de esa naturaleza me fuese a tocar a esas alturas de la existencia. Pero así pasa.

También por esa fecha había terminado una larga, larguísima relación de más de ocho años. Para completar el cuadro, justo en el periodo abril-mayo de 2003 me habían diagnosticado varios malestares, entre otros, triglicéridos y colesterol altos, así como una posible angina de pecho, la cual al final del día resultó ser –gracias a Dios—falsa alarma. Sin embargo, ese año ya estaba reclamando su lugar en la historia como un cuesta arriba personal en la categoría prueba-cero.

Me detengo un poco aquí. Busco la mejor canción para continuar esta ruta del balance general. ¿Cuántas veces no escribí aquí mismo motivado por una canción, por un disco, por la extraña sensación que te da la música en el momento menos pensado? En ocasiones, al llegar por la mañana a la oficina, coger la taza para ir a por el primer café y encender las bocinas de la computadora, la primera canción que escuchaba me motivaba a ir directamente a Blogger para escribir algo. Aún me sucede así y, la verdad, frente a la desaparición de esta bitácora no sé ahora cuál será lo que sustituya esa necesidad. En fin. Ante la duda de cuál canción poner he seguido el camino de los clásicos: escoger el modo aleatorio en iTunes para que sea el azar el que lo determine. Lo primero que salta es Wonderful woman de The Smiths. Bien, buen inicio. Justo para ser la primera velocidad de este texto de despedida.

Continúo. Entonces decía que hace seis años fueron un verdadero martirio algunos momentos de la existencia. Pero también había lo opuesto, es decir instantes dignos de considerar por su valor y su trascendencia hasta el día de hoy. Uno de ellos era la amistad que tenía en directo con mi colega Paco en el Ministerio. Cuando había un momento de solaz solía dirigirme a su oficina, instalada en el segundo piso de nuestra Dirección General, y ahí escuchábamos el programa de radio Lógica Pretzel de Martín Hernández en Imagen 90.5, o bien, charlábamos de cualquier cosa. La plática fluida que sólo te dan los verdaderos amigos. Entre los puntos que abordábamos estaba, claro está, la vida cotidiana en nuestra pequeña parcela burocrática. Los personajes, las circunstancias, las expectativas, las injusticias, las cosas simplemente inexplicables que nos pasaban frente a nuestros ojos.

Otro colega que se unía a esas conversaciones era Alfonso. Qué extraña y rara puede ser la vida, por cierto. A Morcillo ya lo había conocido –sin verlo jamás—desde un año antes. Y aquí surge por primera vez el tema de los blogs, las bitácoras virtuales. Resulta ser que, por angas o por mangas, me había encontrado con la página que Alfonso se había montado en Internet para contar sus cosas. De entrada me había parecido un culturoso más, engreído y excesivo, pero poco a poco me fui enganchando más y más a sus historias. De hecho, algunas de ellas las cogía, las pegaba y las enviaba a una dirección comunitaria de correo electrónico que tenía con mis colegas del pueblo poblano. Por supuesto que los escritos de mi colega imaginario causaban diversas reacciones. Algo había ahí que podemos calificar como talento. Creo que esto y la lectura de otras bitácoras (como las de Fernández, Basave, Yépez, et al) fueron la semilla que dio origen al Sexacional.

Pero vuelvo al tema. Paco, Alfonso y yo dábamos posibles nombres a ese lugar en la red que hablara sobre los seres despreciables que somos los burócratas, sobre lo que sucediera dentro de esos fríos edificios y esos largos pasillos de la administración pública, no importando que fuese federal, estatal, municipal o autónoma, como finalmente es el calificativo del lugar en el que me encuentro laborando a día de hoy. La denominación que más nos atrajo fue la de Sexacional de Burócratas, una especie de homenaje involuntario a esas historias del arrabal en ciertas historietas mexicanas que, bajo el apelativo de “Sensacional de…” narran los avatares tanto de luchadores, verduleras, lavanderas, traileros, prostitutas y demás fauna nacional sin hacer exclusiones clasistas o académicas. Sensacional de Burócratas sonaba bien, pero preferimos el Sexacional para darle un toque más sexoso (o al menos eso pensamos en principio).

Al final los que echamos a andar el proyecto –si es que puede llamarse así—fuimos Paco y yo. Y vuelvo entonces a la noche de hace seis años: el 18 de septiembre de 2003, jueves para ser exactos. La primera señal de vida. Lo recuerdo bien porque el día siguiente es especial para mí por varios motivos. El 19 de septiembre ha sido una fecha que me ha marcado desde siempre. La primera vez fue por el terremoto de 1985. Aunque esa mañana estaba desayunando con mi madre en mi casa del pueblo poblano sin prisas y mirando por televisión el noticiario Hoy Mismo, mi madre biológica estaba en la Ciudad de México, para ser precisos en algunos de los débiles edificios de Tlatelolco, por lo que dicho acontecimiento también significó algún tipo de angustia para nosotros.

Después, en 1993, el domingo 19 de septiembre arribé –creo—definitivamente a la Ciudad de México para reclamar mi pequeño lugar al que me he hecho acreedor por el simple motivo de haber nacido aquí. Un paso difícil, sin duda. ¿Por qué? Porque con 17 años dejaba atrás a mis padres, a mi novia de esa época, a mis colegas y demás conocidos del pueblo poblano para venir a estudiar Ciencias Políticas y Administración Pública a la Universidad Nacional. La noche previa, es decir hoy hace 16 años, había llevado serenata a la chica y, entre todas las cosas que se dicen por la edad y por la emoción de ese momento, tuve el respaldo para seguir adelante. Después esa situación cambiaría de manera radical, pero no había marcha atrás. Como dijo Julio César, la suerte estaba echada. Era algo así como al todo o nada. Gracias a mi madre pude lograrlo.

Bueno. Otro 19 de septiembre importante fue, precisamente, el de 2003. Como he dicho líneas arriba había concluido una relación de esas que uno piensa que no deberían acabarse pero que, con el paso del tiempo, uno constata que fue lo mejor que pudo haber pasado. Eso fue en julio, es decir el rompimiento. Pero otra vez el destino inquieto metió su cola en el asunto. A unos días de haber puesto el penúltimo clavo al ataúd de aquella cuestión conocí a una chica en una boda en Puebla, una ciudad que, sin ser la más querida por mí, siempre ha significado cosas relevantes en mi existencia. El punto radicaba en que, después de algunos escarceos por medio de Internet (la importancia de esta herramienta tecnológica en las relaciones humanas contemporáneas) habíamos quedado de vernos por segunda vez el… viernes 19 de septiembre, es decir al día siguiente de haber nacido esta bitácora.

Y para rematar el cuadro, el domingo 19 de septiembre de 2004, ya con un año encima de noviazgo con esta chica poblana, nos dirigíamos mi madre, mi padre y yo desde el pueblo hasta Puebla para cumplir ese ritual denominado “pedir a la novia”. Como se dice en el argot del fútbol, fuimos a jugar de visitantes y nos trajimos la Copa. Un contundente dos a cero (el primero, mi discurso sobre el tema, con la asesoría del buen Paco, y el segundo, con la sortija de compromiso en ofrenda).

En fin. Como puede verse este tándem de 18-19 de septiembre siempre me ha dado material para comentar algo. Para comentar al menos aquí, quiero decir. Pero bueno. Más o menos así fue el inicio del Sex D’ Bur.

Y desde entonces hasta ahora.

La primera anotación fue un tímido “Sexacional de Burócratas”. Me imagino que Paco no sabía bien a bien si estaba haciendo lo correcto. Eso fue a las 17.20 horas del jueves 18 de septiembre. Pocos minutos después, ya con un poco menos de duda ante el error, mi colega escribió la que sería la frase guía, faro y coordenada existencial de nuestra bitácora, una extraída de El Quijote:

La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre nada sobre la mentira, como el aceite sobre el agua.

Gran manera de comenzar. Y bueno, un buen número de cosas han sucedido en estos seis años de gestión burocrática en la red. Es un poco complicado hacer un inventario detallado de los asuntos que alguna vez nos complicaron la vida, que nos llenaron la cabeza de preocupaciones o que nos hicieron volver a confiar en la vida y en la humanidad. He estado tratando de hacer un esfuerzo de memoria para no dejar escapar los momentos más significativos de la efímera vida del blog. A riesgo de dejar muchos tópicos afuera, aquí esbozo una pequeña síntesis y recuento existencial.

Pero antes, he decidido dejar a Pearl Jam hacer las veces del ruido de fondo de este momento. Sobre el por qué de esta situación debo comentar que, antes de defender mi tesis de licenciatura, me preparaba estudiando con el Live on two legs como respaldo sonoro, por lo que regresar a él me causa ciertos buenos recuerdos. Por cierto, ahora que he escrito esto he recordado que la gente que me conoce muy de cerca dice que siempre estoy volteando al pasado. Algún terapeuta charlatán diría que por eso llevo un lastre pesado a mis espaldas. Yo sólo alegaría que uno es la suma de sus vicios y… de sus recuerdos. En fin.

Ahora sí, entremos en materia. Un punto destacado fueron los tres campeonatos que logró Pumas de la Universidad Nacional durante la vida del Sexacional. Después de una larga seguía que venía desde 1991, cuando le ganamos a las gallinas en el campo sagrado de Ciudad Universitaria, no habíamos vuelto a campeonar y la cosa ya estaba como que ardía. Sin embargo, el 13 de junio y el 11 de diciembre, ambos de 2004, así como el 31 de mayo de 2009, todos los universitarios volvimos a ser felices y a gritar extasiados el Goya victorioso. Tres estrellas más a nuestro palmarés. Quizás de estos tres trofeos el que más haya disfrutado fue el último, el que sucedió hace casi cuatro meses. Solo, en mi piso de la Ciudad de México, portando el mismo jersey que los jugadores llevaban en el campo hidalguense, disfruté como nunca el último gol de Pablo Barrera y grité y canté y lloré sacando todo lo que a veces me cuesta trabajo sacar cuando hay gente a mi alrededor. Gracias Pumas por todas las alegrías que nos has dado a lo largo de tu historia. Siempre seguiremos fieles a tu estirpe y tradición.

En estas páginas también comenté otros rituales futbolísticos del orbe, por ejemplo, la Eurocopa de 2006, un torneo algo triste y deslucido por la ausencia de Inglaterra y porque, al final del día, mi favorita, la ex Unión Soviética, cayó de fea manera ante España, la cual sería a la postre la escuadra vencedora. En fin. Ese año también hubo Mundial y sólo recuerdo ahora el gol que Maximiliano Rodríguez le zumbó al sangrón de Oswaldo Sánchez en algún estadio alemán. Se acabó el sueño nacional. A esperar otros cuatro años más. Pero ojo, de esos cuatro sólo nos resta uno. Ya no lo comentaremos juntos. Pero no lo dejen de ver, por favor. Suráfrica nos espera.

En el terreno laboral, desde que inició esta bitácora y hasta 2008 me desempeñé en el Ministerio. No voy a decir textualmente cuál de los 17, no, perdón, 14 que a la fecha hay, pero daré esta pista: es relevante en la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal. Desde noviembre de 1997 era yo un simple y llano analista, pero en 2006, gracias al servicio civil de carrera y a una pequeña ayuda de mis amigos obtuve una plaza de Jefe de Departamento. Eso fue importante porque, por un lado, ya como que iba más acorde a mi estatus académico y, por el otro, el incremento salarial me permitió sortear con un poco más de herramientas y habilidades mis obligaciones como jefe de familia. Al respecto, recordemos que en enero de 2005 contraje matrimonio civil. Creo que por ahí quedará una crónica de mi viaje de bodas y de por qué un enlace siempre es motivo de varias revoluciones internas entre los asistentes al convite. A cuatro años y medio de distancia de aquel acontecimiento diré que casarse no está mal, lo que siempre falla son las personas que se lían. Aún así sigo manteniendo mi posición respecto al matrimonio: es necesario y bello. Lo demás es pura obra humana (me refiero a cuando se vuelve un tormento).

Pero bueno, la historia del Ministerio de más de una década concluyó en marzo de 2008, cuando fui invitado a cambiar de aires federales por unos autónomos sureños. Todo mejoró. Y también me permitió constatar que, claro, todas las oficinas presentan rasgos comunes sin importar su ubicación o estatus. Hay como un mapa genómico que todos estos lugares burocráticos compartimos. Pero ojo, como bien lo dijo el gran Max Weber (por cierto, seudónimo que utilicé al principio para escribir aquí), son burócratas todos aquellos que no poseen los medios de producción, es decir que hasta en la iniciativa privada podemos encontrar esta categoría. Bueno. También quedan aquí varios testimonios sobre la vida cotidiana en ambos lugares de trabajo, sobre la gente que habita por acá y sobre cómo casi nunca uno encuentra lo que está buscando (en especial cuando se idealiza demasiado algo). Sin embargo, sigo estando muy orgulloso de mi alma máter y, sobre todo, agradecido con esta oportunidad.

Pero Paco también experimentó algún tipo de metamorfosis laboral durante los seis años del Sexacional. Primero nos dejó en el Ministerio, cogió sus cosas y se fue a probar suerte en su ámbito de jurisprudencia. Luego anduvo por ahí y finalmente acabó en el sur profundo, lugar en el que ha estado despachando con esa elegancia propia de su estirpe, casi casi como un Enzo Francescolli de la abogacía.

En suma, los dos burócratas federales que iniciaron este periplo concluyen la vida útil de la página desde lugares diferentes. Esto es bueno. El agua que se estanca se pudre. Así de simple.

Una cosa que me viene a la mente ahora mismo es que, por curioso que parezca, casi siempre que nos ausentábamos pasaban cosas en la oficina. Por ejemplo, cuando me fui de vacaciones a Madrid el ministro en turno anunció su salida. Yo allá por La Gran Vía y nuestro barco cambiaba de capitán. Después, cuando estaba en los últimos momentos del funeral de mi padre me enteré por la televisión y por un mensaje corto de texto en el móvil que, una vez más, nuestro ministro en turno era relevado por otro. Como se suele decir, no puede uno dejar tantito el negocio porque se vienen abajo las rutinas y los usos y costumbres más añejos.

Y hablando ahora un poco de esto último que he mencionado, el funeral de mi padre en enero de 2007, también durante la vida útil de esta bitácora sufrí la pérdida de mis dos seres más queridos: mi madre y mi padre. Primero fue mi madre. Un periodo terriblemente difícil de enfermedad, ingresos a hospitales, esperas en las salas de urgencias, sufrimiento ante la decadencia del cuerpo y, finalmente, el desenlace fatal, el mismo que sabía que por fin aliviaba todos los dolores y lo indigno de esta etapa, pero que siempre es lo más complicado de asimilar. Y precisamente fue Puebla la ciudad en la que mi madre murió en noviembre de 2005. Una estúpida y horrible tarde de sábado. Lo recuerdo detalle a detalle. Los últimos momentos, las enfermeras corriendo, la doctora dándome su informe y mi pequeño mundo que colapsaba por primera vez en mi vida: hasta después de 29 años sabía qué experimentaba alguien al perder a un familiar querido. Un poco tiempo después, 14 meses para ser exactos, mi padre entró en una espiral casi similar: enfermedad, ingresos a hospitales frecuentes, periodos más largos dentro y, finalmente, el término físico. Eso fue una mañana gris y rutinaria de lunes de enero de 2007. A ambos los extraño mucho. Lo bueno que soy se los debo, lo demás es total y absolutamente mi responsabilidad. A veces pienso que nunca estuve suficientemente apto para ser yo mismo sólo. Pero para eso me prepararon: para el momento de zarpar con mis propios recursos. Una tarea en la que aún me siento inexperto.

Las malditas enfermedades. En alguna publicación aquí dije que las verdaderas razones de sufrimiento de la humanidad no son el amor o el desamor, tal como nos lo quieren hacer creer las canciones ridículas que transmiten por la radio y que muchos imberbes se la compran. Una obra verdaderamente cruel es, por ejemplo, la canción de El último beso, en donde se narra la muerte de una chica en un hipotético accidente de tránsito. Ahí está realmente el hoyo negro de la vida: la enfermedad y la muerte. Qué más quisiera escuchar yo algún día en la radio que alguna composición en donde el tipo narre la decadencia del cuerpo de algún ser querido manifestada en alguna de las miles de formas que la enfermedad tiene para pudrir el organismo y el alma.

Conmigo las enfermedades han sido particularmente duras en momentos específicos de mi vida, los cuales han coincidido con la permanencia en activo de esta bitácora. Sin embargo, contrario a lo que podría pensarse, de chico jamás fui un niño enfermizo. En 2003 me encontraron las cosas que ya puse arriba. Pero cuando la cosa se puso realmente fea fue en 2007, El Año Cabrón. Un momento que se ha quedado grabado para siempre en mi cabeza es éste: jueves santo de abril, regresando de un pub al sur de la Ciudad de México con mi colega César, un dolor cada vez más intenso en mi mano derecha, la sensación de que algo va mal y que se dirige a peor con pisadas de gigante. Algo me dice que debo visitar al médico. Después, durante una de esas deliciosas caminatas que hacía sobre Avenida Juárez hasta el Zócalo con los audífonos del iPod montados en mis orejas, la terrible crueldad de casi no poder seguir avanzando por un dolor en la parte baja de la espalda. Ya no había tiempo que perder. Y ahí comenzó todo.

Primero me dijeron en el ISSSTE que era algo relacionado, otra vez, con los triglicéridos y el colesterol, pero ahora acompañados de un nuevo amigo: el ácido úrico. Sin embargo, el remedio salió peor que la enfermedad: las pastillas que me dieron me provocaron una hepatitis reactiva no especificada. Bueno, los medicamentos y una vida bastante disipada y relajada en términos de cuidados sobre la manera de beber y fumar. Digamos que fue a mitades. Pero el resultado fue el mismo: la peor etapa de mi existencia en términos de salud.

Otro recuerdo puntual: el viernes 18 de mayo de 2007, en la sala de espera de urgencias de un hospital público, después de cuatro horas de espera paso, me revisa el doctor y me dice, tiene que quedarse. Yo aún con el recuerdo fresco de mis padres muriendo en esa clase de lugares entro en pánico y decido no hacer caso a la recomendación. Como puedo me escabullo. Alego no tener alguien que me acompañe. Me dicen que no es necesario. Salgo, pero debo firmar una hoja en la que reconozco que yo me he negado al servicio. Llego a mi casa y siento en carne viva eso que el español Sabina ha calificado como “pasar una noche en el infierno”. Con los ojos amarillos, la piel amarilla y un sentimiento de culpa en mi alma busco ayuda en otros lados. Ayuda que más adelante me daría una hermana de mi colega Paco, quien me recomendó un médico que, a la postre, se ha convertido en eso que llaman “de cabecera”.

En alguna publicación anoté que, en caso de ser hiper, ultra millonario, lo primero en lo que gastaría parte de mi fortuna sería en ficharme un equipo médico totalmente capacitado y vanguardista que me mantuviera a tope y a resguardo de cualquier enfermedad. Pagaría por que me checaran diario, casi a todas horas, que me hicieran cualquier tipo de estudios, análisis, pronósticos, diagnósticos y demás cosas que hacen sentir a alguien protegido…, al menos en la imaginación. Pero como no soy millonario…

Aquellos fueron meses difíciles por la evolución de mi hígado, por la debilidad de mi organismo y porque, como también suele suceder, el hambre y la necesidad de reunieron en franca comunión: el problema de reflujo gastroesofágico que venía arrastrando desde hace varios años tuvo a bien manifestarse con furia ese mismo 2007. Tanto que, en octubre de aquel año, tuve que ser discretamente ingresado casi de urgencia para ser intervenido en esa cosa que se llama Funduplicatura de Nissen para corregir mi reflujo patológico, el mismo que ya me había fastidiado bastante el esófago y que, como me dijo el cirujano que me metió los tubos de la laparoscopía, podía llegar a convertirse en cáncer de garganta si no se hacía algo a tiempo. Al borde del colapso con una esofagitis grados dos, dos endoscopías y un ingreso hospitalario bastante caro que me pagó el seguro de gastos médicos mayores (y que no reclamen que no confío en el sistema de salud público mexicano, pero el punto es que allá me habían desatado la hepatitis medicamentosa). Una semana acostado y contando los coches pasar veloces por el Viaducto.

Cierro los ojos y veo aún esos plafones blancos del Hospital México mientras soy transportado en la camilla de mi habitación al quirófano la mañana del 4 de octubre de 2007. Largos minutos en los que pido al Señor otra oportunidad, la misma que a veces pienso que estoy desperdiciando a lo imbécil por estos días. Recuerdo la llegada, las palabras –según—de aliento del cirujano, el sonido de la navaja de afeitar que me va quitando el vello de mi estómago, cómo me acercan una mascarilla y me dicen “respire hondo” para después… la nada.

Despierto horas después y me digo, bueno, al menos sigo conciente. Un dolor terrible me invade, similar a esos que uno experimenta cuando ha hecho demasiado ejercicio sin ser para nada deportista ni estar capacitado para tal prueba de resistencia. ¿Qué ha pasado? Nada, que me han hecho un nudo en el hiato para que no se vuelva a salir el ácido clorhídrico de donde debe permanecer. El cuerpo humano es una maravilla. La ciencia siempre va dos pasos atrás.

El año siguiente fue un poco más benigno conmigo en términos de salud. Aunque, de hecho, 2008 fue un gran año conmigo en muchos aspectos. En contraste, 2009 ha sido indiferente, aunque también me ha dado un golpe en términos de salud: en febrero 14 (¿recuerdan el Día del Amor narrado antes?) me he visto lleno de pequeñas ronchas por todo mi cuerpo. Ronchas rojas y con muchos ánimos de estar juntas para formar verdaderos tortones. Terrible. Primera salida de madrugada al hospital: intoxicación dice el médico de guardia que me atiende. Inyección, suero, reposo y a seguir. Promesas de cambiar de detergente, lavar de nuevo toda la ropa y de cuidar la alimentación. De acuerdo. Marzo del mismo año, madrugada, yo digo “me siento mal”, mi esposa dice “¿mal cómo?” sin encender la luz, “pues mal, mal” digo yo, se ilumina el cuarto por fin, me levanto, voy al espejo y Santo Dios, no soy yo, es otro, un tipo golpeado y con los párpados, ojos, labios y demás totalmente desfigurados. Bienvenidos a la era de la alergia, de la urticaria y el angioedema. Segunda salida al hospital en la madrugada, inyección, reposo, pastillas, cita con mi doctor de cabecera.

Después de un tratamiento con cortisona (un medicamente prohibido por la experiencia que mi madre tuvo con él por su artritis reumatoide) y de una búsqueda afanosa de un alergólogo en la red del seguro de gastos médicos, llego por fin con un nuevo amigo de bata blanca, en este caso amiga. En efecto, me ha surgido una alergia, una cuya prueba posterior me dice que es al polvo doméstico y al ácaro, pero que también puede manifestarse a través del consumo de ciertos alimentos como el cerdo, el chocolate, la leche, los pescados y mariscos, las avellanas, las nueces, la etcétera. A día de hoy tomo antihistamínicos y una vacuna que, según los cálculos de mi doctora, será mi compañera de viaje (literal) hasta el año 2014.

Pero bueno, basta ya de hablar de esto. Volvamos un poco a los asuntos del blog.

De acuerdo con nuestros contadores instalados en la plataforma de la bitácora, en el periodo comprendido entre el 10 de octubre de 2003 y el 18 septiembre de 2009 tuvimos 93 mil 418 visitas (mas las que se sumen hoy, el último día). En promedio tuvimos 42 entradas diarias, 300 semanales y mil 297 al mes. El día que más gente nos leyó –o al menos cuando hubo más tráfico en el sitio—fue el 12 de noviembre de 2008 con 140 clicks. ¿Por qué? No tengo la menor idea. Hace poco llegamos a 123 cuando parecía que el Sex D’ Bur estaba en franca agonía. Ahí sí puedo decir por qué: por el comentario que hice respecto a García Aspe y los zapatos rosas para jugar a fútbol de un tipo del equipo de Querétaro. Gracias a las damiselas pro derechos de otras damiselas que ingresaron a leer mi pequeña nota al respecto y que hicieron un poco más decoroso el récord de entradas.

El país desde donde más nos siguieron fue, obvio, México. Le siguieron Estados Unidos, España, Perú, Argentina, Colombia, Venezuela, Uruguay, Chile y Canadá (abajito quedó el Reino Unido, lugar que me hubiese encantado que llegara a los diez primeros). Todos ellos formaron nuestro particular Top Ten. 2008 fue el año en que más visitas tuvimos. Curiosamente, el día de la semana que más invitados hubo fue el martes. Vaya cosa. Y respecto a las horas del día en que la gente prefería para ingresar destacan las del mediodía, es decir entre las 11.00 y las 13.00. Una clara referencia de nuestra vocación burocrática.

Los internautas llegaban a nuestra trinchera del bloguetariado a través de diversas formas, algunas directamente relacionadas con nuestro nombre y tema, pero otras también por cuestiones realmente inverosímiles. Destacan las búsquedas que nos hicieron sobre un tema que siempre me llamó la atención por lo descabellado de la misma: una tal Chela de Tlapa, Gro. ¿Quién es esta tía?, ¿qué hace?, ¿de qué va su tal “video”? Hombre, en serio, señores que buscan a la susodicha aquí, ¿encontraron lo que buscaban? Lo dudo. También nos hallaron por alguna mención a Charles-Jean Bonnin, al servicio civil de carrera, a Max Weber, pero también a videos de colegiadas desnudas cogiendo, a bragas colgadas en tendedero, al Nexium-Mups, a secretarias calentonas, a las plumas fuente y sus cuidados, al retiro voluntario para los burócratas y así, un sinfín de referencias, algunas coherentes, otras francamente descabelladas.

Quiero hacer mención también (esto sonó a discurso de fiesta de XV años) a todas las entrevistas que transcribí de esa inmaculada y aleccionadora sección del diario barcelonés La Vanguardia que se llama “La Contra”. Ha sido un verdadero placer leer esas conversaciones. Las que consideraba mejores las ponía de inmediato en estas páginas virtuales en blanco. Gracias de nuevo a “La Contra” por mostrarnos que no todos las entrevistas son aburridas y que de todos se puede aprender algo, por pequeño y absurdo que parezca. Recomiendo su lectura diaria en la página de Internet del diario.

Como he dicho también en otras publicaciones, Guillermo Sheridan fue una especie de colaborador indirecto involuntario del Sexacional. Afilado, inteligente, fino, un tipazo en mi opinión. No lo conozco en vivo y, la verdad, ni quiero. Prefiero quedarme con esa imagen que tengo de él y no correr el riesgo de decepcionarme al encontrar lo opuesto a como lo he idealizado. Me quedo con sus textos tan duros, tan irónicos, tan, tan, tan... No sé qué adjetivo darles. Sólo diré que es uno de los autores vivos que más admiro. Y en este tema también incluiré a René Avilés Fabila, a Juan Villoro, a Jairo Calixto Albarrán y a otros autores que, sin ser de los denominados de la “alta literatura”, me han forjado algún tipo de estilo (si es que lo tengo, claro).

Aaah. Bueno, ahora suena en mi iTunes How can I stop? de los Rolling Stones con la voz de mi querido, admirado, venerado Keith Richards al frente. Si ustedes miran la parte izquierda de esta bitácora encontrarán a esos héroes a los que he rendido culto desde este sitio. Ahí está Keef, los Rolling Stones en conjunto, Sheridan, Avilés, Calamaro y también objetos banales que me gustan, por ejemplo, los artículos de escritura Montblanc y las libretas Moleskine.

Por cierto, ahora me viene a la mente que también durante estos seis años he comenzado a realizar actividades que alguna vez pensé que estaban negadas para mí. ¿Un botón de muestra? Conducir. Tal cual. Tener coche nunca fue una prioridad mía aunque sabía que lo necesitaba. La verdad, qué bueno que esto ocurrió hasta mayo de 2008. Probablemente me hubiese hecho daño, o peor, pude haber causado alguna desgracia a un tercero durante mis años de juventud en éxtasis etílica si me hubiesen puesto al frente de un volante. La naturaleza es sabia. Pero bueno, ahora llevo ya más de un año causando el terror por calles, avenidas, glorietas, rotondas, carreteras, súper carreteras y autopistas. Tanto que ya soy conocido de los Federales, los cuales me detienen a cada rato dizque por ir a exceso de velocidad cuando me dirijo al pueblo poblano. Ah, y cómo olvidar el episodio del pasado 14 de mayo, en el que una tipa tuvo a bien embarrar su salpicadera delantera en mi puerta lateral derecha. Hombre, qué cosa. Nueve mil pesos de deducible que yo tuve que pagar porque la dama en cuestión se dio a la fuga enfrente de mí y de los vigilantes de la Universidad. Saludos a las feministas.

Por otra parte, el Sexacional de Burócratas me ha permitido conocer a algunas personas y reafirmar lazos con otras. La primera que fue como entusiasta con nosotros fue Carolina, la también denominada Alcachofa Asesina, quien nos enviaba comentarios y correos. Siempre fue muy amable y su manera de escribir era muy simpática. Después ya la perdimos de vista, pero siempre se le recordará como la primera lectora de la bitácora. Mención aparte también a Claudia, colega de mi colega Efrén, quien también nos dejó varios mensajes en los comentarios y que, tiempo después, conocí en vivo y en circunstancias más que cercanas (¡salud! y arriba los Beatles, pero claro, siempre un peldaño abajo de los Rolling Stones). El buen Ben también siguió esta bitácora, al igual que un tío que nos lee desde Tucson y que es amigo de mi suegra (I’ve been watching you). El mensaje de ayer del anónimo (¿o anónima?) nos confirma que varios nos leen aunque no sepamos quiénes sean.

Afortunadamente nunca tuvimos un problema así como muy serio en relación a lo que escribíamos y a los que lo leían. Al respecto, he conocido algunos casos en los que verdaderamente se arma un rifirrafe entre el autor y la parroquia por algún comentario malentendido o malinterpretado. Quizás una vez sí se puso medio violento el asunto cuando di mi opinión sobre un dizque concurso de dizque escritores por Internet. Pero, repito, nada de consideración.

Esto me conduce a otro asunto toral de este adiós: la manera en que decidimos publicar. Me refiero a que, a excepción de los que nos conocen por equis o ye razones, nunca dimos nuestros nombres completos, por lo que escribimos –digamos—desde el anonimato o desde la clandestinidad (según se vea). ¿Por qué lo hicimos así? Básicamente por una razón: para blindar nuestras opiniones con el fin de que no se volvieran en contra nuestra. A pesar de que la cultura de la transparencia y tal se ha como querido instalar en el país, el hecho de decir ciertas cosas aún es motivo de sorna, escarnio y persecución. Ya sé que no somos importantes ni nada por el estilo, pero en nuestro pequeño universo burocrático también podíamos haber sido sujetos de algún tipo de represalia por lo dicho o descrito aquí. En general, siempre tratamos de mencionar situaciones y no personas, es decir seguir algún tipo de código de la ética de la responsabilidad en el sentido de no atacar a nadie en particular con nombre y apellido (sin incluir a aquellas que realmente son figuras públicas), sino más bien hablar sobre actos, hechos y sinsabores cotidianos. Espero que contemos con su venia y su consideración sobre este asunto. Gracias.

Esto que acabo de escribir me ha recordado otra cuestión: que al principio intentamos ser como la voz de los sin voz, es decir pedíamos a la gente, hipotéticos lectores, enviar sus colaboraciones en las que hablaran sobre algún coraje o rabieta que hubiesen experimentado en su trato directo con la burocracia. Algunos nos enviaron sus testimonios sobre lo extremadamente surrealista que era tramitar, por ejemplo, el pasaporte, pero al final se quedó en un intento fallido. Este blog se metamorfoseó en algo como lo que describe su lema: la bitácora del sector público y de la vida privada (y si tienen duda nada más vean todo lo que he escrito sobre mí mismo y mi devenir no sólo en este mensaje de despedida, sino en todos los 72 meses recopilados en el Archivo Vivo).

Ah, pero algo se me ha olvidado mencionar, el nombrecito con el que firmamos nuestras colaboraciones, el de “Los Burócratas del Ritmo”. Aquí no hay que detenerse demasiado, sólo fue una salida fácil para hacer visible nuestro anonimato. Algo como Los Locos del Ritmo, pero en versión burocrática, es decir sin locos y mucho menos sin ritmo.

Creo que ya ha sido suficiente Pearl Jam. Antes de continuar dejaré que el azar de iTunes haga –otra vez—lo propio. Una pausa.

Bueno, AC/DC nos ilumina con su prodigiosa guitarra machacona del Back in Black. Adelante.

El Sexacional de Burócratas me ha servido para rendir culto y admiración pública a mi banda de rock n’ roll favorita de todos los tiempos: los Rolling Stones. La banda de rock más grande que alguna vez haya pisado este planeta. Así de simple. Jódanse Beatles, U2s y demás competidores de ligas menores. En febrero de 2006 pude verlos por tercera ocasión en la Ciudad de México. Un acontecimiento que aún me pone la piel de gallina y que registré de manera puntual en este sitio. Hace unos meses fui a ver el filme Shine a Light a una sala de la ciudad junto con mi colega César, en otra ocasión con mi mujer y en otra yo solo. Creo que aún así me faltaron visitas a los cinemas. En fin. Desde aquí lo reafirmo: soy Stone hasta la muerte. La música de los Rolling Stones me ayuda a sobrevivir, a echar para adelante, aún en los peores momentos. Me siento vivo y joven cuando los escucho. Pienso en el desgraciado día en que alguno de ellos muera. No quiero que suceda. Espero con fe que en 2010 vuelvan a sacar un disco. Siempre seré fanático de los Stones, de su historia, de su estética, de su trayectoria, de su música. Sencillamente, no entendería la existencia sin su presencia. Hemos sido privilegiados por coincidir en el tiempo y en el espacio con ellos. Como siempre he dicho aquí: ¡Larga vida a los Rolling Stones!, ¡la banda de rock n’ roll más grande de todos los tiempos!

Y al escribir esto he recordado que, en octubre de 2008, tuvo lugar un fin de semana largo que se volvió mítico en términos musicales. El sábado vimos a Los Ratones Paranoicos en un lugarcito de blues de La Condesa. Estuvo muy bien. Al día siguiente vimos a El Tri en el Palacio de los Deportes por sus 40 años de existencia. Estuvo muy bien. Y para cerrar, el domingo vimos a Andrés Calamaro en el Auditorio Nacional en su primer recital en la ciudad. Estuvo muy bien también. Repito, un fin de semana de esos para la historia y para contar una y otra vez a los hijos y los nietos cuando llegue la vejez (me refiero a la física, la otra creo que ha hecho su aparición desde tiempo atrás).

En febrero de 2007 inicié una etapa más en mi vida: la de profesor. Así es. A invitación de mi colega Said me puse la casaca de maestro y me paré al frente de un grupo por primera vez. Todo iba bien, es decir no tenía miedo ni nada, estaba muy entusiasmado y tal, hasta que puse mis cosas en el escritorio del aula, me arremangué, me dirigí al centro del salón y miré de frente a toda esa caterva de adolescentes a los ojos. Válgame Dios. Ahí sí dudé. A la fecha ya llevo dos años y medio siendo docente, y creo que he superado algunos defectos, por ejemplo, ese miedo inicial y ponerme de necio con los alumnos. Yo pensaba que era como rudo, pero apenas el mismo Said me ha confiado el mote que me han endilgado algunos estudiantes y veo que soy la mar de bonachón con ellos. Procuraré ser más cruel (lo dudo).

Los libros y filmes que leí y miré en estos seis años han quedado por ahí anotados. Algunos han valido la pena, otros se han perdido en la memoria efímera. Recuerdo dos obras en este momento: El dedo de oro de Guillermo Sheridan y Ronnie. Memorias de un Rolling Stone de Ron Wood. Una película que me fascinó fue Reprise. Vivir de nuevo.

Durante la vida útil de esta bitácora tuvieron lugar mis salidas al extranjero, a saber Madrid, Toledo, Santiago, Valparaíso, Viña del Mar y París. Uy, dirán algunos. Yo diría, señores, ya me la debía la vida. Una historia dejada en el pueblo no podía saldarse de otra manera. Y ya que menciono el tema del pueblo poblano no dejo de sentir lo mismo que he experimentado toda mi vida en relación a este asunto: una mezcla puntual, explosiva y contundente de amor-odio. El pueblo poblano, el lugar en el que crecí, en el que me crié, en el que tengo a los que ya no están y a mis colegas del núcleo duro. Pero también en donde comprendí que, para crecer, había que cortar a la brevedad y salir casi casi huyendo de su neblina, su llovizna y su piso lodoso. Sin embargo, para mí sigue siendo un tema digno de terapeuta charlatán. No lo haré, claro está. Es decir, no lo abordaré en algún diván en el que me cobren 700 pesos la hora por hablar de mí mismo (aunque a partir del 19 de septiembre no tenga una alternativa gratuita). Pero creo que seguirá siendo un asunto que me acompañe en lo que me reste por vivir. Como dijo Calamaro, te quiero desde lejos y desde cerca te extraño.

Desde esta trinchera burocrática fui testigo de varias cosas en versión miscelánea. Cuando cayó la avioneta del ministro Muriño casi sobre Paseo de la Reforma, cuando las hordas de López Obrador cerraron el mismo Paseo de la Reforma, cuando el virus A H1N1 dejó vacío el referido Paseo de la Reforma. También reporté desde aquí varias encerronas que nos propinaron los docentes, los transportistas, los campesinos y demás profesionales del aquelarre multitudinario mientras laboraba en el Ministerio. Por estos pasillos de la burocracia he visto a secretarias dizque sexys, a cobradores de días 15 y 30, a ex esposas que vienen a por la pensión para el crío, a funcionarias públicas que se pelearon por un tipo la mar de insípido, a funcionarios públicos prepotentes que cayeron como el Muro de Berlín, a los eternos resentidos sociales y a verdaderas promesas que la injusticia y uno que otro gandalla no han permitido despuntar. Hace poco me tocó presenciar algo inédito en mis 12 años de función pública: un duelo a mentadas en un pasillo entre gente que supuestamente es académica. Un día se estaba quemando la ofrenda del Día de Muertos que pusieron en la Dirección General. Regalé cosas al amigo secreto, comí tacos de canasta el último día laboral de diciembre, pasé varias mañanas en el Nacional Palacio y en Los Pinos por algún evento del Ejecutivo Federal, vi de cerca a Fox y a Calderón, del primero aparecí a pocos metros de distancia cuando se conmemoraron los 150 años del Himno Nacional, y del segundo cuando realizó uno de sus primeros actos de gobierno. He puesto el punto final a mis anotaciones desde mis escritorios con la rabia más infinita o con la alegría más inverosímil en un carácter como el mío, de viejo, de solitario, de capricornio.

Si volteo y entro a las anotaciones que realicé en 2003 y las comparo con las que hago ahora me daré cuenta que he cambiado. ¿Mucho?, ¿poco? Diré que lo suficiente. No soy el mismo, ahora tengo 33 años, sigo casado, no tengo hijos, sorteo con algunas habilidades recién adquiridas esta loca carrera de locura hacia la muerte.

Quisiera hacer de esto algo más sencillo. A veces no me puedo creer cómo algo tan simple como una bitácora se pudo haber convertido en algo a lo que le dedicara tanto tiempo, quizás no en directo, pero sí en mi pensamiento. Caminaba, veía algo y pensaba, bueno, esto lo tengo que escribir ahí. Mi esposa dice que a veces este lugar se convirtió en lo único que consideraba mío de verdad porque yo lo hacía casi en su totalidad (Paco dedicaba su tiempo a cosas realmente productivas). Un blog como un bálsamo anti mercachifles de terapeutas. Un lugar en dónde vaciar todo eso que debe salir del organismo y el alma para la sobrevivencia mental de un individuo. Un sitio en el que se mezclan, ¿por qué no reconocerlo?, la egolatría más recalcitrante y la necesidad más humana de decir algo y ser escuchado.

Siempre he dicho que no soy bueno para hablar. Puedo articular un discurso, claro, pero me ha pasado que, muy en corto, la gente suele no ponerme atención. Me jode de sobremanera ser interrumpido. Ya ni siquiera me fijo en que me hagan o no caso. Lo que no soporto es que me arrebaten la palabra cuando la tengo y, peor aún, sin motivo aparente. Yo puedo estar callado ante la gente escuchando atentamente las peroratas de los otros por más estúpidas que puedan ser por largo tiempo. Por eso exijo exactamente lo mismo de regreso. Pero cuando digo algo me suele pasar que no me hacen caso y me interrumpen. No es reclamo. Sólo es una manera de explicar por qué a veces me siento mejor en este sitio: escribiendo. Un acto de fe que se refuerza en otra ilusión ciega: en el creer en que alguien me lea de pe a pa sin parar, sin interrupciones, que vea el mensaje que tengo que darle al mundo en silencio y con pausa. Sólo eso.

Pero bueno, como dice esa canción católica a la que he hecho referencia varias veces aquí mismo, hay que morir para vivir. Si el grano de trigo no muere solo quedará.

Así que hoy, después de seis años, 72 meses y varios miles de días, ha llegado el momento de decir adiós. Busco en iTunes una canción que siempre me pone sentimental: Life on Mars? de David Bowie. ¿Para qué? Sólo para no sentirme tan desemparado en este tránsito tan irrelevante y tan profundo.

Como a muchos, al final del día me gustaría ver a mi país grande, orgulloso, triunfador y con menos problemas y desigualdades. Aunque no parezca, quiero a México. Es decir, aquí nos ha tocado nacer y vivir. No me gusta que sea pobre, corrupto, autodestructivo. ¿Cómo puede ser posible que un pueblo que dice venerar tanto a su país se esfuerce con tan buen nivel de éxito en despedazarlo? En fin. Me gustan las ciencias políticas y la administración pública. Me gusta la literatura y la música. El fútbol. Espero contribuir en algo a que los asuntos públicos mejoren. Deseo con todas mis fuerzas que las cosas vayan a mejor siempre. Creo en el trabajo y en la disciplina y en la paciencia. Y también en las pequeñas y simples cosas que permiten lograr tareas imposibles, como la amistad, la sinceridad, la lealtad y el amor.

¿Qué pasará? Nada, que cada quien seguirá su camino. Paco seguirá siendo el buen padre de familia y mejor funcionario público que es. Yo abriré una cuenta en Tweeter y, quizás más adelante, otra bitácora. Esto se ha convertido en una necesidad. Mañana será un día con periódicos normal. ¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?

En fin. Esto está tomando tintes melodramáticos. Hay que dar el paso al costado.
Sólo una cosa antes de poner el punto final: agradecer a Paco su amistad y a la gente que leyó esto en algún momento de su existencia. Con sinceridad.

Adiós colegas.

Buena suerte.

Manolo.

Mas allá del bien y del mal

Sentencias e interludios

"Yo he hecho eso" dice la memoria. Yo no pude haber hecho eso -dice mi orgullo y permanece inflexible. Al final- la memoria cede.

Se ha contemplado mal la vida cuando no se ha visto también la mano que de manera indugente -mata.

No es la intensidad, sino la duración del sentimiento elevado la que constituye a los hombres elevados.

Quien alcanza su ideal, justo por ello va más allá del mismo.

Un hombre de genio resulta insoportable si no posee, además, otras dos cosas cuando menos: gratitud y limpieza.

En situaciones de paz el hombre belicoso se abalanza sobre si mismo.

¿Como? ¿un gran hombre? Yo veo seimpre tan sólo al comediante de su propio ideal.

No existen fenómenos morales, sino sólo una interpretación moral de fenómenos...

Requiém

Como siempre cuando el final se acerca quisiéramos hacer muchas cosas, viajar a donde nunca fuimos, hablar con quienes quedaron pendientes, incluso las cosas cotidianas adquieren importancia.

Hoy llegó el tiempo de cerrar este ciclo y ya me arrepiento de los momentos que dije: mañana lo escribo, esa idea es buena la voy a subir, ahora si mañanana subo mi colaboración. Todo queda en buenas intenciones, pero mentiría si dijera que aprendí la lección.

Por otra parte, me alegra el impulso de hacer lo que pude. No quedó en buenas intenciones, recuerdo cómo en múltiples pláticas decíamos junto con el Maestro Manolo; eso es para el sensacional de burócratas. Y las anécdotas y cosas que suceden siguen verificándose y siendo dignas de citarse. Pero hubo un momento en el que la tecnología nos permitió realizar estos escritos, sin pretensiones ni cortapisas. En un momento nos decidimos y empezamos a compartir sucesos, que van de lo más particular a lo general.

Después me agradó el hecho de lograr, digamos, cierta sofisticación, las aportaciones y citas de Weber que hacía el Maestro Manolo, las referencias a las teorías administrativas y las visiones que se tienen de la administración pública.

La parte de los seguimientos a las notas que sobre los asuntos públicos conciernen o hacen referencias de importancia para los burócratas nos permitieron empezar a compartir muchas cosas, incluso había búsquedas registradas que llegaban a la página por buscar notas como "retiro voluntario" o "pago de compensación", llegando a otras referencias que costaba encontrar la conexión inmediata, en ocasiones llegando a absurdos.

Esta página también se convirtió en testigo de los sucesos a lo largo de seis años e incluso en vehículo de comunicación entre los dos principales -y tal vez- únicos colaboradores del blog. Tuvimos nuestros contactos como la alcachofa asesina, a la cual nunca conocí y otros amigos de Manolo que tampoco me conocen. Aunque este proyecto no pretendía llegar a nadie, finalmente se lanzó al ciberespacio para ver quien lo tomaba en cuenta y sorprendentemente si hubo incluso quien lo consultara, recuerdo que dimos alguna asesoría o respuesta a preguntas planteadas a través de nuestro correo institucional.

Así llegamos a entregar cuentas, tenía la idea de hacer como un sexto informe del sexdebur, pero se nos adelantó y me pareció mejor la aplicación de Sheridan, posteada en esta misma página.

Se acaba un sexenio de sexacionaldeburocratas@blogsopt.com. Primero y último, porque no hubo elecciones no hubo República ni representación, no le preguntamos al pueblo que le parece ni a las ong´s si era políticamente correcto. No nos importó cumplir con la constitución ni con las leyes que de ella emanen.

Dicen que la gente no cambia, incluso hay una despedida así: "nunca cambies" u otra que me decía un compañero: "hazme un favor: cuídate, nunca cambies". Ja esas bellaquerías nunca las aceptaremos.

Precisamente en El Quijote descubrí el significado de lo que es ser villano en contra de lo que es un caballero. Sólo quisiera nunca caer en lo ordinario y simplón, no lo puedo prometer, porque no puedo decir que de esa agua no beberé. Espero no escribir nunca un libro como el de Josefina Vazquez, la actual estrella de la administración panista, ni recibir halagos de Germán Dehesa.

Espero no cambiar para mal y eventualmente trabajar en la administración pública, mi ámbito natural, aunque se que me tocará estar del lado de la ciudadanía de a pie, lidiando con policias corruptos, con trámites burocráticos, haciéndome dar vueltas, con servicios ineficientes, cobros indebidos, trámites inocuos, cumplir con obligaciones absurdas y sobre todo pelear con servidores públicos displicentes y flojos.

Puedo concluir diciendo que me siento orgulloso de ser un servidor público, no se si bueno o malo, pero siempre con el compromiso de prestar un buen servicio al público. No me he esforzado en no aparentar ser el típico funcionario flojo, mañoso, que hace como que trabaja y sólo está pendiente del día de la quincena.

En mi caso, sin ser pretencioso, porque no ha sido una elección, me ha tocado llegar a lugares donde tengo que trabajar y que también me da la oportunidad de aplicar lo que voy estudiando o estudié en mi época universitaria.

Sinceramente, quisiera llegar a uno de esos puestos en los que te pagan muy bien y no haces nada, pero creo, conforme va avanzando el tiempo, que no encontraré nunca un lugar así. Seguramente hay muchos funcionarios ineficientes y mañosos, conozco a algunos; pero me he encontrado también con gente muy trabajadora, con funcionarios que trabajan más de sus horarios, de servidores públicos que sacrifican su tiempo por lograr una meta. También he visto que se cumplen fines específicos, trabajos por ejemplo para poder llevar apoyos a un grupo de personas o beneficiar a una comunidad y la verdadera preocupación por dar un servicio público. Incluso me sorprendo cuando veo a funcionarios de todos los niveles realmente preocupados por lograr aplicar una política pública.

Se que esto es la excepción y que tal vez se trate de minorías, que no cambia en nada la percepción que tiene la ciudadanía de sus servidores públicos, sobre todo cuando vemos casos escandalosos de corrupción y verdadero abuso del poder.

No soy optimista, hace tiempo conservaba en mi cartera una frase de Sartre que decía algo así como: El oficio de ser hombre, oficio obstinado y difícil, que consiste en decir si y no cuando es preciso,... que consiste en continuar cuando ya no hay esperanza, en perseverar cuando todo parece perdido. Ya no recuerdo exactamente, por eso la guardaba en mi cartera.


P. S.

Poniendonos un poco serios y hablando de finales, el más difícil es llegara comprender porque la vida de los seres queridos llega a un final y porque tenemos que ser testigos de este final.

No podemos ser nada más que testigos, cuando llega el momento definitorio poco podemos hacer, incluso estar o no de acuerdo resulta irrelevante. He presenciado muchas muertes de seres queridos y de alguna forma de conocidos. En todos los casos no he tenido más opción que ser testigo presencial, entonces he aprendido que lo que cuenta es la actitud que se tome, que tampoco es del todo conciente.

Por eso la conclusión a que he llegado es que hay cosas o sucesos que resultan irremediables.

Nos queda sólo el recuerdo.

En ese sentido sólo quisiera conservar en estas líneas el recuerdo de mis padres, de mis abuelos, de todos mis ascendentes que ya no están. Y que quede plasmado el recuerdo de un amigo que aquí sigue, como el mismo dice, aplicando la frase: No pasarán. Espero logre ese éxito contra el linfoma que combate mi amigo Karel Mayer.

Password

Juan Villoro

"Ligar se ha vuelto facilísimo", dijo Jorge para estupor de los demás amigos del café. "El que no tiene pareja es porque no tiene Internet", sentenció.

En la mesa se encontraba Edwin, cuya soltería ya es legendaria. No sabemos si se trata de una elección o una condena, lo cierto es que no podía estar de acuerdo. "Yo no tengo pareja, o en todo caso mi pareja es Internet", dijo, y se dirigió a Jorge: "El medio no determina el ligue: tú fuiste ligón analógico y ahora eres ligón digital. Podrías seducir con palomas mensajeras, o incluso con gallinas".

Según Edwin, los sitios de contacto en Internet son atractivos para quienes de cualquier forma ligarían en un andén del metro. En cambio, Jorge se siente determinado por la tecnología: la red lo metió en laberintos sentimentales de los que no puede salir. Sus últimas tres novias fueron cortejadas en Facebook. En caso de que tenga una hija, debería ponerle Arroba.

El correo electrónico ha transformado la forma en que la gente se conoce, pero también la forma en que se separa.

Una frase resume el nuevo código de confianza: "Ya somos pareja pero todavía no le doy mi password". El tema es sumamente delicado. ¿Qué tan necesario es tener la clave de entrada al correo del ser querido?

Antes de la época virtual, se podía decir sin gran riesgo: "Nosotros no tenemos secretos". La pareja hacía un pacto de sinceridad y esperaba que el otro le dijera todo. ¿Hasta dónde se cumplía ese contrato? Digamos que el olvido, las mentiras piadosas, las verdades a medias y la falta de claridad se inventaron para que la franqueza no fuera ofensiva.

Difícilmente aceptaríamos que los demás vieran nuestros sueños, entre otras cosas porque algunos nos avergüenzan a nosotros mismos. Internet no pertenece al inconsciente, pero se le acerca bastante. Es un vertedero de mensajes impulsivos, no siempre filtrados por la razón, donde la realidad y el deseo se confunden. Ahí las palabras no siempre tienen que ver con los hechos. ¿Vale la pena que tu pareja lea tus mails? Internet ya duró lo suficiente para que muchas separaciones se deban a esa causa.

En tiempos remotos el truene comenzaba con la frase: "Tenemos que hablar". Otro preámbulo de la ruptura era la sugerencia de entrar a terapia con un analista que había separado satisfactoriamente a unos amigos. En la era digital, el primer paso hacia la ruptura consiste en averiguar el password de tu pareja o en usar el que ya te dio pero no has tecleado por respeto a la privacidad de un ser querido.

En la película Caos calmo, basada en la novela de Sandro Veronesi, el protagonista interpretado por Nanni Moretti se encuentra en la siguiente situación: enviuda en forma repentina y al revisar las cosas de su mujer descubre que ella tenía una amistad insospechada con un autor de literatura infantil. Habla del tema con su hermano y decide entrar en la computadora de su esposa. No necesita de password para ver los correos del escritor porque ella los ha guardado en una carpeta. Moretti siente tentación de leerlos. Al mismo tiempo, juzga que sólo debe conocer a su amada como ella quiso que lo hiciera. Con pulso seguro, borra los mensajes. Cuando su hermano se entera de esto, comenta con asombro: "Siempre haces lo correcto". Nada tan difícil como respetar la zona fantasma que de manera inevitable acompaña a otra persona.

Cada segundo, la curiosidad puede más que el miedo y alguien revisa los mensajes privados de su pareja. A veces, el intruso se lleva la decepción de comprobar que vive con una persona cuyos mails secretos son memorandums del tedio.

Cuando se ignora el password, sobreviene un episodio típico del comportamiento contemporáneo. "Si amas a alguien, eres su hacker", me dijo una amiga, y explicó su aforismo de este modo: "Si en verdad te interesa una persona, debes saber lo que pondría en su password". Esto lleva a un tema fascinante: ¿vale la pena espiar a una persona que conoces al grado de poder descifrar el código que resguarda su intimidad?, ¿puedes profanar ese santuario? "Claro que sí", me respondió la misma amiga: "porque la gente cambia".

Cada cierto tiempo, los servidores aconsejan modificar el password por razones de seguridad. En tiempos digitales es peligroso que tus sentimientos cambien antes de cambiar el password.

La seguridad del código cibernético tiene una fisura: los olvidadizos pueden recordar su password con una pregunta que les da una pista. Esto también le da una clave a los extraños.

Pero incluso esa pregunta puede ser una defensa contra el invasor sentimental. Hace poco, un amigo desconfió de su mujer, quiso entrar en su correo privado y buscó la opción "¿Ha olvidado su password?". La clave era la siguiente: "Canción favorita del hombre que amo".

Mi amigo tecleó "Yesterday", temeroso de que hubiera otra canción favorita. Entró al correo de su mujer: el tesoro estaba a la vista. Para llegar ahí, había comprobado que era el hombre que ella amaba. ¿Tenía derecho a espiarla?

Apagó la computadora. Quería desconfiar, pero se le atravesó la felicidad.