lunes, septiembre 14, 2009

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El último lunes laboral de esta bitácora.

Uno particularmente difícil. Un lunes huérfano. Hoy hemos salido de la cama porque sabemos que la recompensa llegará más rápido que de costumbre: mañana mismo. En efecto, el asueto de las fiestas patrias nos dará la ilusión del descanso entre semana. El mismo que pone a un viernes en lunes y a un lunes en jueves. Un desbarajuste total.

Para mí las fiestas patrias siempre han sido intrascendentes. Se celebra al país, de acuerdo, pero discrepo de la manera. Quizás en este sentimiento de rechazo tenga que ver mi recuerdo más primario del asunto: en el pueblo, en la plaza mayor, enmedio de cualquier cantidad de entusiastas, esquivando huevos y harinas, escuchando los petardos explotar a unos centímetros de la cabeza, bebiendo sin parar, escenificando coreografías de la violencia y la "noche libre" de excesos mexicanistas.

Pero también le doy la espalda a la nueva manera en que se desea celebrar el 15 y el 16 de septiembre, como si fuese una anticipación, un ensayo general de las próximas navidades. Me refiero a que ahora las familias se reúnen para una especie de cena en la que, en lugar de guajolote y ensalada de remolacha, hay tostadas de pata, pozole y enchiladas. ¿Qué celebramos? ¿Al país?

Si me diesen a escoger estaría por la fiesta pagana llamada Noche Mexicana, así, en abstracto, grande, no en casa, sino en la plaza pública, en el antro, en la calle, pero no en las casas. Al menos no en ese formato que intenta ser un momento de unión familiar y reflexión. Si en diciembre al menos existe ese sentimiento de balance general por lo hecho en el año, ¿en septiembre qué clase de pensamientos nos ayudarán a dicha integración? ¿Hablar de lo mal que está el país, de lo peor que se puede poner? Eso lo hacemos todos los días sin necesidad de gastar en los preparativos ni de desplazanos hasta los lugares que se han acondicionado para esta dizque cena.

En fin. Unas fiestas patrias que se anticiparán a las que todos han puesto como riesgosas: las del bicentenario/centenario en 2010.

Por mi parte, no soy fanático de la música ranchera y no tolero ver esos bailables regionales que montan sobre templetes para exhaltar nuestra identidad. Intento ser buen mexicano a través de otras vías. Sin embargo, como muchos otros, he fallado. Por lo tanto, sólo espero ver con calma el colapso de este proyecto de país y poder participar en la refundación del mismo (si es que la hay).