jueves, agosto 31, 2006

Under pressure

Uno pensaría que después de casarse se esfumarían ciertos fantasmas sociales. En especial uno: el de las clásicas preguntitas quisquillosas del tipo ¿y para cuándo te casas? Pues no. Aunque con haber firmado en el juzgado ya te libras de esa clase de cuestionamientos sistemáticamente pronunciados por sectores como las comadres, las tías, las vecinas y las amigas quedadas de tu cónyuge, como si fuese un juego de video, inmediatamente después de haber superado esa etapa entras a la siguiente (más difícil, claro). Y aquí la presión viene bajo otra forma de duda, pero igual de puntiaguda: ¿para cuándo tienen hijos? Joder...

Los críos nunca han sido mi adoración. Sí, están padres y son como chistosos, pero sólo un rato. Al respecto, siempre he dudado de todos aquellos --en especial las chicas-- que se derriten al ver a cualquier bebé y le hacen gestos, lo cargan, juegan con él, lo miman, le hablan así en diminutivo bastante ridículo, le hacen fiesta y caravana, le ponen apodos cariñosos, le dicen que lo van a llevar a pasear y hasta le dan de comer. ¡Patrañas! ¡Lo hacen porque no es suyo, es decir porque saben que sólo será por un rato!

Eso de andar cuidándolos, de cambiarlos, de darles de comer y de tal por cual, me parece que es una tarea bastante delicada como para estar dejándosela a cualquier hijo de vecino. Es decir, que los que aún no están convencidos de engrosar las estadísticas de crecimiento poblacional en México, mejor ni se metan.

De mi grupo cercano de colegas de la adolescencia sólo uno ha tenido descendencia. Muy feliz él, claro. Si si. Paco tiene sus respectivos chavales y así podría dar más ejemplos. Pero, la mayoría está lejos del asunto (de hecho, ni siquiera han alcanzado la etapa uno, es decir la de casarse).

Hay gente que se llena de críos. Vaya cosa. Digo, ya no lo veamos en términos de que si le puedes dar o no el sustento básico. ¡Piénselo en términos demográficos! Nunca han dejado de llamar mi atención las escenas en la calle, en el subterráneo, en el cine, en el Ministerio de parejas jóvenes arrastrando enanos de la misma forma que Benito Juárez García andaba arreando sus ovejitas allá en su natal Guelatao en el siglo XVIII. Bueno, pero cada quien su vida.

Los bebés, los bebés, los bebés. Aaaaah. Es decir, no están mal, pero, pero, pero...