miércoles, diciembre 06, 2006

Tom Waits

Crónicas de un ladrón de sonidos

Triple salto de toda una leyenda. El músico de la voz rota da otra intensa muestra de creatividad con 54 canciones en tres discos. Le entrevistamos en un bar de carretera de California

BÁRBARA CELIS
EL PAÍS SEMANAL


En medio de un paisaje de olivos y viñedos que podrían haberse escapado de un poema de García Lorca, hay un bar de extraña idiosincrasia llamado Little Amsterdam, cuyo letrero está a ras de suelo. Se cayó hace meses, pero su dueño no se molestó en levantarlo. Yace en la carretera de Petaluma, en el valle de Sonoma, en California, muy cerca de Bodega Bay, donde Hitchcock filmó Los pájaros. Little Amsterdam, un lugar lleno de trastos añejos y olvidados, en cuyo almacén aún cuelgan los garfios que indican su pasado de matadero local, está en bancarrota. Pero su dueño, un sexagenario holandés de aspecto anacrónico y camisa hawaiana, aficionado a los mariachis, las mujeres y el billar, aún tiene un amigo: Tom Waits.

"Me prometió que lo convertiría en su estudio de sonido. Espero que su mujer le deje comprarlo". Evert lo comenta entre dientes porque aún no ha cerrado el trato. Waits, el músico de voz acre y resacosa, el cronista perpetuo de las vidas de arrabal americano, el inagotable ladrón de sonidos, ha sido cliente asiduo de Little Amsterdam durante años. Será porque el local y su dueño podrían habitar perfectamente en una de sus canciones…

Los universos tan reales como paralelos de discos como The heart of saturday night, Small change o Blue Valentine, donde la mitología de vidas al margen se mezclaba con la imaginación desbordada y la voz corrupta de Tom Waits, le convirtieron en los años setenta en un músico de culto. También ayudaron sus directos indómitos y sus excesos alcohólicos, envueltos en el humo espeso de un cigarrillo, pero arropados por la base musical incisiva de quien busca un lenguaje propio.

Sus influencias viajan desde el folk de Leadbelly hasta el jazz de Cole Porter. Roban la teatralidad sonora de George Gershwin, la irreverencia de la generación beat y los extremos literarios de Bukowski. Con ellas le puso banda sonora desde 1973 a un submundo de bares oscuros, prostitutas, corazones rotos e hígados reventados en Los Ángeles. Allí arrancó su carrera, tocando en el Troubaudour y editando su primer disco, Closing time. Irrumpió en la música con su voz rota enroscada en el peso de una vida insaciable y con melodías escupidas desde pianos ahogados en tristeza. Una década más tarde, en 1983, sorprendió con Swordfishtrombones, un disco con el que se adentraba en la producción propia y con el que amplió su universo sonoro, llenándolo de instrumentos dispares, disonancias, canciones habladas y letras tan imposibles como seductoras. Su discográfica, Asylum, le despidió y predijo el fin de su carrera. Pero ocurrió lo contrario. Island Records rescató el disco y lo convirtió en leyenda.

Después llegaron las bandas sonoras. Compuso para Francis Ford Coppola Corazonada, por la que fue candidato al Oscar, y para Jim Jarmusch, quien además le convirtió en su actor fetiche. Ahondó en el teatro junto a Robert Wilson y William Burroughs en The black rider. Llevó al escenario su álbum Frank's wild years, continuó innovando con Mule variations, y además se forjó una peculiar carrera como actor haciendo pequeños pero incisivos papeles en más de veinte películas, incluida Vidas cruzadas, de Robert Altman.

Ahora, dos años después de editar su último álbum de estudio, Real gone, Tom Waits edita el triple Orphans: brawlers, bawlers and bastards (Huérfanos: bronquistas, berreadores y bastardos), una colección de 54 canciones entre las que hay 30 grabaciones inéditas. El disco abarca versiones de Los Ramones y Daniel Johnston, temas rescatados de su trabajo como compositor de cine, blues clásico, música experimental, nanas y cuentos irreverentes.

Tom Waits, famoso por su imprevisibilidad y cuya pasión de juventud por el alcohol arruinó más de un encuentro con la prensa, ha escogido Little Amsterdam para promocionar su disco. A su manera, porque su personalidad musical y artística también se refleja en una conversación que seguirá cauces poco habituales.

Tras atravesar la cocina del local, y tras una puerta con mosquitera oxidada, hay un patio trasero lleno de trastos. Y bajo un porche desconchado, Tom Waits –cara curtida, pelo rojizo, perilla canosa, ojos pequeños, hombros caídos– recibe a la periodista sentado en una mesa coja.

¿Por qué eligió Petaluma para vivir?

Yo no vivo en Petaluma.

¿Esto no es Petaluma?

Sí, pero yo vivo en otro pueblo de aquí al lado.

¿Cómo se llama?

Eso no se lo pienso decir, que luego se llena de gente. Invéntese un nombre. Por ejemplo, la Ciudad del Sueldo del Alcalde [nombre de ciudad en su disco Mule variations].

¿Pero por qué eligió esta zona de California?

Vine por el vino, pero después dejé de beber.

¿No era suficientemente bueno?

Sí lo era, pero yo decidí dejar el alcohol.

¿Sabe que todos los amigos a los que les comenté que le iba a entrevistar me propusieron cosas como: llévate una botella de 'bourbon' y la bebéis juntos? ¿Le molesta que la gente siga reteniendo la imagen con la que se hizo célebre en los años setenta?

No puedo hacer nada al respecto. Además, yo a sus amigos no los veo a menudo, ¿no? Supongo que es normal que la gente piense que la persona que uno era hace diez años lo siga siendo hoy. Además, yo no dejé de beber, el alcohol me dejó a mí.

¿Ha vuelto a visitar aquellos sitios donde se construyó esa fama, el Tropicana Motel o la sala de conciertos Troubaudour?

El Tropicana lo demolieron y al Troubaudour hace muchos años que no he vuelto. ¿Soy nostálgico? No sé. Busco las mismas cosas, las cosas que no desaparecen con el tiempo, las que no se entierran, las que siempre estarán aquí…

¿Como los sombreros?

Exacto. Yo los sigo llevando. Es algo que no hay que perder.

¿Y cree que las nuevas costumbres, como escuchar música en el iPod, permanecerán?

Yo tengo uno. Me lo dio mi hijo. Lo uso cuando boxeo en casa. Pero me gusta utilizarlo sólo con el shuffle porque pasas de Allen Ginsberg a Prokofiev, a The Four Tops, a Charlie Rich, a Charlie Poole, a Charlie Parker…, a todos los Charlie… Y es una sucesión de cosas diferentes que adquieren sentido para ti. Así era la radio hace años. Ponían canciones con un sentido inherente, como lo que ahora hace Bob Dylan en su programa [XM Radio]. Ese tipo es un genio.

Aquí comienza una de las muchas interpretaciones que hará a lo largo de la entrevista, como si fueran viñetas de un cómic. Vestido con pantalones, chaqueta de color negro y botas militares, cambia la expresión de la cara, mira de refilón imitando el aire de pasotismo de Bob Dylan y repite con voz dilaniana la coletilla del programa: "Tune in time radio". Y continúa: "Ahora la radio está organizada para consumidores. Como las autopistas, que están llenas de cadenas de supermercados y tiendas uniformes. Hay emisoras de sólo blues, o sólo country, o sólo hip-hop… Cuando yo era un adolescente ponías una y escuchabas muchas cosas".

Pero ahora tiene incluso la posibilidad de conseguir gratis la música que le gusta por Internet. ¿No le parece que hay más opciones que antes?

No exactamente, porque todo es demasiado fácil. Falta la lucha por descubrir las cosas que te interesan. Es como una cesárea frente a un parto natural. La lucha para salir es parte de la vida, y cuando es tan simple como darle a un botón… No sé. Es como las bibliotecas: antes ibas buscando un libro y por el camino descubrías algo más. Aunque es cierto que ahora pasa eso con Internet…

¿Cómo vive los cambios que la revolución digital está produciendo en la industria musical?

No sé. Haces un concierto, la gente lo graba, y luego resulta que lo venden online. Son como pulgas en un perro: tienes que lidiar con ellas, son inevitables.

¿Alguna vez se ha bajado música de Internet?

No sabría cómo.

Si supiera, ¿lo haría?

No estoy seguro, porque estoy sensibilizado con este tema. Las canciones pertenecen a alguien. Es como robarle las flores a tu vecino. Vale, los discos costaban menos antes que ahora, pero es que todo costaba menos. Si plantas lechugas, las haces crecer, inviertes tiempo y dinero en ellas, no quieres que te las quiten… Hacer un disco cuesta dinero; exige energía, tiempo para hacer las canciones, contratar a los músicos, el estudio… Es un negocio… Desde mi punto de vista, los discos no son caros, porque yo los hago y pago por ellos. Pero no sé, ahora todo el mundo trata de hacer predicciones, y en realidad nadie sabe qué pasará en el futuro.

¿Sus hijos [Casey, Kelly y Sullivan, fruto de su matrimonio con su colaboradora Kathleen Brennan] piratean música?

Sí, pero si les pillo, les amenazo.

¿Qué le han enseñado musicalmente?

Tienen curiosidad y atrevimiento, y eso lo aplican a su personalidad. Visten música como si fueran joyas, como sus peinados. Han integrado la música en su vida como si fuera ropa. Y eso me ha hecho recordar cosas. La primera vez que vi a James Brown, yo quería ser negro. Quería pantalones ajustados, zapatillas naranjas… Ellos escuchan cosas que piensan que a lo mejor me gustan, y me lo dicen: 50 Cents, Tupac…

Y vuelve a la interpretación. Se ajusta la camisa, mira de lado y empieza: "Venga, tío, escucha un poco de hip-hop; estos tipos están vivos, tú sólo oyes a todos esos cantantes muertos".

Le ha dedicado a 'Orphans…' casi dos años.

Sí. Son temas nuevos, temas perdidos, temas huérfanos… Los títulos de cada álbum se corresponden con la música y atmósfera que hay dentro. Son muchos tipos diferentes de líricas, de estilos, de acentos, incluso de voces. Pero ahora me siento más cercano a Bastards.

En Bastards, Waits se regocija en su lado más experimental, acercándose a Captain Beefheart o Lord Buckley, e incluye varios relatos hablados, sin música, chocantes, como Children's story, un cuento para niños tremendamente cruel o el poema de Bukowski Nirvana. Brawlers se mueve en el entorno del blues, mientras que Bawlers incluye temas compuestos para películas, baladas que arrastran la tristeza que impregnaba su primera época o versiones sucias de temas como el clásico de Leadbelly Goodnight Irene.

¿Ha sido como interpretar a personajes diferentes en las películas?

Sí, es parecido. Necesitas decidir lo que necesita cada canción. Y entonces pruebas. A veces resulta que tu voz suena mejor si intentas parecer una mujer, o si sólo hablas, o si sólo susurras.

En 'Brawlers', la canción 'Road to peace' habla de la guerra entre israelíes y palestinos. Usted no suele hacer temas políticos…

Se me ocurrió leyendo The New York Times. Iba a tirar a la basura todos esos periódicos con cientos de artículos sobre ese conflicto y no podía hacerlo sin escribir nada sobre el tema.

Si tuviera que escribir una canción sobre Bush, ¿cómo la titularía?

El pequeño hombre con el gran encargo… No sé… El otro día escuché esas cosas que dijo Chávez sobre él. Le llamó demonio… En Estados Unidos, mucha gente piensa lo mismo. Es como una garrapata sobre un caballo que intenta chuparle toda la sangre y se pone tan gorda que parece que va a explotar. ¿Cómo te deshaces de ella? ¿Cómo consigues tirarla por el váter? Todos le odiamos. Es un ladrón, un estraperlista. Está clarísimo, tiene muchos intereses petroleros. Tiene una aguja muy larga, la ha pinchado en Oriente Próximo y está chupando de ahí todo lo que puede.

En este álbum han participado casi cien músicos diferentes, desde Marc Ribot, asiduo de sus discos, hasta Brett Gurewitz, el guitarrista de Bad Religion. ¿Cómo los eligió?

A veces solamente consigues a quien esté en la ciudad en ese momento. Así es como mi hijo acabó tocando conmigo. Estaba buscando a un batería para irme de gira y, como no encontré al que quería, alguien me propuso que probara con Casey.

¿No pensó en él desde el principio?

No, porque es mi hijo. Nunca habíamos tenido esta experiencia. Y además sabía que nunca había tocado todo un concierto, y no sé, yo pensaba: esto es música para gente mayor, ¿cómo voy a meter a mi hijo en la banda?; me voy a pasar el día discutiendo con él. No lo veía posible, pero ha resultado cojonudo.

¿Ha vuelto a grabar en el cuarto de baño de su casa, como en su anterior disco?

Sí. Siempre busco habitaciones que suenen bien, con una buena atmósfera. El secreto está en la acústica de los azulejos… Cada habitación es como un instrumento más. Me gusta descubrir sonidos en todas partes. Son las oportunidades arbitrarias que ofrece la música, que es lo que yo adoro. Cuando alguien arrastra una silla y suena como un autobús frenando. Pasa todo el rato, pero tienes que estar dispuesto a escuchar.

En este álbum también ha utilizado alguno de esos instrumentos obsoletos o inventados que usted colecciona… ¿Me podría explicar qué es un piano borracho?

Supongo que un piano desafinado, o al que le faltan algunas teclas, o al que le ha llovido encima.

De repente, como si alguien hubiera preparado la escena para contestar a la pregunta, Tom Waits se queda mirando a su izquierda, se levanta, se acerca a un mueble que está cubierto con plástico azul y, ¡zas!, descubre un piano de madera hinchado, sucio, mojado y con las teclas desquiciadas: "¡Esto es un piano borracho! Inténtele sacar algún sonido, saldrá como ahogado…". El piano resplandece en su deterioro en medio del patio polvoriento y olvidado de Little Amsterdam, mientras Tom Waits lo mira embelesado. "Es una lástima…", balbucea.

Antes de tocar el piano aprendió a tocar la trompeta…

Sí, en el colegio, pero lo dejé por la guitarra, porque tocar la trompeta solo no te hace compañía. Tienes que tocar con otros músicos para disfrutarla. Nunca he vuelto a intentarlo. Aprendí a tocar la guitarra y monté una banda, The Sistems. Y luego descubrí el piano.

Acaba de tocar en Nashville, en Cleveland, en Atlanta, etcétera. ¿Por qué sale tan poco de gira y siempre va a sitios pequeños?

No me me gusta tocar en Nueva York o en Los Ángeles. Me pone nervioso que las primeras 10 filas estén ocupadas sólo por gente de la industria o de la prensa. Busco una audiencia de personas. Pero en esta gira me lo he pasado muy bien. Igual nos volvemos a lanzar a la carretera.

¿Cuándo?

Cuando nos apetezca. Ponga lo que quiera.

Duke Ellington les solía dar a sus músicos descripciones de cosas o personas para que tocaran de una u otra manera. ¿Cómo trabaja usted con los suyos?

A veces les hablas de forma abstracta porque estás describiendo algo que no puedes ver, estás haciendo películas para los oídos y tienes que hablar en imágenes. Les ayuda. Otras veces les das nombres de otros músicos…

¿Esas películas las tiene en la cabeza de antemano?

No, te las inventas en el momento. Yo te podría decir: toca como los ojos del enano subido en los hombros del gigante ciego, o toca como la mujer con cara de mula que baila con el chico cocodrilo. ¡Ponle más púrpura!, ¡demasido marrón!, ¡falta amarillo! ¡Necesito negro para poner amarillo!

¿Los colores funcionan bien?

Sí.

¿Y los olores?

Fíjese, en este disco hay una combinación de olores, pero nunca había intentado hablar en olores. Es una buena idea porque intentas crear atmósferas y todo ayuda… Gracias.

¿Y cómo es la relación de trabajo con su mujer?

Te pones los guantes, esperas a que suene la campana y sales a pelear.
Tom Waits suelta una carcajada, le da un sorbo a su café y, balanceándose en su silla, como lleva haciendo casi toda la entrevista, continúa: "Ella es el cerebro detrás de papá. Es una letrista exquisita. Tenemos una buena relación. Una vez que tienes hijos con alguien, todo lo demás se vuelve fácil".

Kathleen Brennan es la mujer a la que Tom Waits ha dicho deberle la vida. Se conocieron en 1978 durante su primera incursión en el cine –reencarnándose en sí mismo como el pianista Mumbles en Paradise Alley, de Sylvester Stallone–. Antes había sido pareja de Ricky Lee Jones, pero el alcohol y las drogas les metieron en más de un problema, incluida la cárcel por montar una bronca a las puertas de un bar. A Brennan, en cambio, se le atribuye el giro creativo que Waits dio con Swordfishtrombones y todo lo que vino después. Hace 14 años también le ayudó a dejar el alcohol, que estaba realmente a punto de convertirle en el protagonista de su canción Bad liver and a broken heart (Hígado enfermo y un corazón roto), uno de sus clásicos del disco Small change.

Antes mencionó a James Brown. ¿Fue su despertar musical?

Un poco, pero yo escuché música desde niño. Empecé oyendo baladas mexicanas con mi padre y canciones folk en Pomona, la ciudad en la que nací [el 7 de diciembre de 1949].

¿Qué hacía su padre?

Enseñaba español. Yo de pequeño lo hablaba; ahora, muy poco [balbucea en español].

¿Nunca se planteó utilizarlo en sus canciones?

No, pero llevo tiempo intentando convencer a Los Lobos para que me dejen cantar un tema. ¿Conoce esa de "Guadalajara en un llanooo, México en una lagunaaaa?" [cantando]. Es un vals. ¡Punch 1, 2, 3! ¡Punch, 1, 2, 3! [cantando y agitando el puño al ritmo].

¿Qué le llevó hasta la música?

Quería ser parte de esto, tocar era como un sueño. Tener a 3.000 personas esperando a que yo salga, gente chillando… Eso es lo que quería.

Pero también tuvo tropezones. Como telonero de Zappa le abuchearon…

Sí, no les gustaba nada. Pero lo tenía que hacer. Es divertido mirar hacia atrás… No ha sido fácil. Si fuera fácil, todo el mundo lo haría.

Pero ahora todos los jóvenes quieren ser estrellas de rock, estrellas de Hollywood; la televisión lo presenta como algo sencillo. Todas las niñas quieren ser Britney Spears.

Sí, pero ella no es feliz, créame. Tiene dos hijos, está gorda, cabreada con su marido, adicta a quién sabe qué… Está lo que usted ve sobre el escenario y lo que hay detrás. Créame, entre bastidores el mundo es muy feo, está lleno de monstruos. Como los que había en la prehistoria, horribles. No es fácil, la gente no tiene ni idea de lo que pasa fuera del escenario.

¿Cómo es ahora su vida ahí detrás?

Distinta. Ahora tengo una familia, y eso lo hace diferente. Me recuerdan quién soy, que soy un padre y un marido. En realidad, sobre el escenario pasas una parte de tu vida muy pequeña; el día es mucho más largo que eso.

Pero ese personaje que se construyó y con el que la gente todavía le confunde, cuya vida se parecía a sus canciones, ¿qué era realmente?

No sé, estaba en el show business, necesitaba ser alguien y venir de algún sitio. Estaba interpretando a un personaje con trozos de mí mismo y de otros, Cantinflas, Jack Benny… Mezclándolo todo y construyendo algo.

Y ahora… ¿usted es usted?

No más ahora que antes. Soy pedazos de cosas. Es como un truco mágico. Usted y yo no nos conocemos, y yo me lo podría estar inventando todo.

¿Pero se siente satisfecho de lo que ha conseguido? Otros músicos como Bruce Springsteen hacen versiones de sus temas ['Jersey girl']. Usted es una referencia musical casi tan citada como Bob Dylan…

Así es la música: cuando eres joven, alguien te ayuda, y después tú ayudas a alguien. Buscas guías… Cuando eres joven y naíf… Escuchas discos, te aprendes las letras, la tonalidad; así aprendía yo, y todavía lo hago. Ahora la gente hace lo mismo conmigo, es un proceso orgánico. No hay escuelas para aprender a escribir canciones, aprendes porque necesitas escribirlas, porque las amas, porque quieres ser parte de eso.

¿Cómo es su relación con la música y el cine?

A veces te explican la película: "Esto es una historia de dos tipos que trabajan en una tintorería, y una noche uno pone un petardo en su oreja, y le vuela la cabeza, y aterriza en Kansas, y le meten en la cárcel durante tres años, y después le secuestran y se lo llevan a Canadá, y cuando sale se cambia de sexo y monta un bar, y…". La historia te parece buenísima, dices que sí, y luego ves la película y es una mierda. Por eso ahora escojo solamente ponerles música si las he visto antes. Es un negocio en el que si quieren tu ayuda es porque no tienen dinero, o porque hay problemas y esperan que tú los arregles. Así que ya sólo lo hago si realmente me apetece.

Como actor, ¿también es tan selectivo?

Debería serlo. Cuando trabajas para alguien, con mucha gente, nunca estás seguro. Eres un violín entre trescientos violines. No estás conduciendo, vas en un autobús. Unas veces es divertido, y otras, una pérdida de tiempo. Pero estás atrapado; una vez dentro, ya no puedes escaparte.

¿Qué es lo que le gusta de actuar?

Me acerco con el mismo planteamiento con el que me acerco a la música: intentando encontrar una cualidad musical en el personaje y en sus palabras. Pero no tengo técnica suficiente como para sentirme relajado haciendo las películas.

Ha hecho varias con Jim Jarmusch. ¿Es cierto que han montado juntos una hermandad, llamada Los Hijos de Lee Marvin, con Nick Cave y John Lurie?

Sí, es cierto, pero no sé quiénes son los miembros. Voy a tener que cambiar toda la normativa, porque se ha colado un montón de chicas…

¿Y cómo se entra?

No se lo puedo decir, hay muchos requisitos, es privado.

¿Y qué hacen cuando se reúnen?

Lo que hacen los amigos cuando se juntan: tomar café, hablar de películas, disfrutar de la compañía. Lee Marvin es sólo el padre espiritual. Pero la organización está en crisis. Jim dejó entrar a varias chicas y ahora la gente empieza a hacer preguntas, como usted. Antes era más como la CIA, ¿entiende? Muy secreta, muy privada. Vamos a tener que replanteárnoslo todo.

¿Le puedo hacer una pregunta más?

Sí, pero después le corto la cabeza.

¿Llegó a conocer a Bukowski?

Sí.

¿Era como se lo imaginaba?

No.

¿Cómo lo recuerda?

Riéndose, bebiéndose un vino tinto, dándole azotes en el culo a su mujer… Lo cierto es que, cuando vas a conocer a alguien, te llevas tu imaginación al encuentro… ¿Soy yo como usted me imaginaba?

No del todo.

[Tom Waits sonríe, se levanta, se pone su sombrero como quien lleva haciéndolo desde la eternidad y se dirige hacia la puerta]. Se lo dije, sobre el escenario y entre bastidores. Personas diferentes.



Bronquistas, berreadores y bastardos

Diego A. Manrique
EL PAÍS SEMANAL


En octubre, la revista británica The Word desarrollaba un reportaje juguetón a partir de un lugar común: el abismo entre las querencias musicales de hombres y mujeres. Se ofrecían entrevistas con cuatro parejas –cuyas preferencias chocaban– y un doble listado: discos genuinamente femeninos y discos eminentemente masculinos. En la última clasificación figuraba Tom Waits con Swordfishtrombones, el elepé que supuso su emancipación sonora.

Waits parece sufrir el destino del artista de culto: menú para un clan (mayormente varonil) de fanáticos, un nombre que se cita más que se disfruta. Pero las canciones de Tom pueden ser consumidas por el gran público…, si se las separa de su intimidante voz. Rod Stewart llevó el romanticismo urbano de Downtown train al número 3 de las listas estadounidenses; Bruce Springsteen logra que se derritan las masas cuando entona Jersey girl.

Se sabe que hay dos Tom Waits. El primero era un cantautor atípico, recién salido de un cuadro de Edward Hopper; un bohemio de casting, el resto de algún naufragio beatnik. Dominaba la melancolía crepuscular y las gracias de borracho: "El piano ha estado bebiendo, no yo", canturreaba. Hasta que en 1981 conoció a la que sería su esposa, Kathleen Brennan, empleada literaria del Coppola más imperial. A su lado escribió su música más bonita: la banda sonora de One from the heart (en España, Corazonada). A continuación rompió la baraja.

El segundo Waits saltó de Asylum, sello para hippies ricos, a Island, entonces tolerante con los heterodoxos (ahora graba para Anti, independiente con raíces punkis). Tiró al retrete el Libro de Producciones Aceptables, se desprendió del disfraz de hipster resabiado y comenzó a manipular tanto sonidos como formas añejas. Sin miedo, acentuó su voz de hombre lobo.

En contra del tópico del gusto musical femenino, el impulso para explorar vino de Kathleen. Ella le hizo ver que era preferible la libertad creativa a la seguridad de una carrera convencional, le facilitó el contacto con cierta vanguardia (William Burroughs, Robert Wilson, Jim Jarmusch) y le animó a aceptar papeles en el cine. Establecieron la primacía de la familia sobre los compromisos profesionales: Tom apenas hace giras. Liberado de concesiones, puede editar dos discos el mismo día, o juntar, como ahora, un triple cd de retazos y ocurrencias sueltas.

¡Limpieza de otoño! Con Orphans…, Waits y Brennan han vaciado su archivo y les ha salido un muestrario tan accesible como impresionante (tres horas) de logros e influencias. Son 56 grabaciones, de las cuales 26 estaban desperdigadas por homenajes, películas, proyectos ajenos. Tom, que se atormenta por unificar en clima y concepto cada disco oficial, funciona también sin el peso de la Gran Idea. Hay coherencia estética en estos 56 temas de Huérfanos, que se han podido ordenar en tres categorías, una por cd: 'Bronquistas' (rock de batalla), 'Berreadores' (baladas) y 'Bastardos' (recitados y experimentos).

Revisando tan monumental miscelánea, se entiende el respeto, la pura envidia de sus colegas: nadie arriesga más en el vestuario, el esqueleto y el alma de sus canciones. Su paleta es inmensa: blues libérrimos, melopeas de perdedores, jazz en blanco y negro, sudorosos cantos de trabajo, boogies oxidados, agrios himnos de iglesia, hip-hop sin máquinas, mambos de tierra adentro, serenatas con costras. Manjares orgánicos para buscadores –de ambos sexos– que sepan apreciar esos "diamantes que prefirieron quedarse como carbón".