martes, noviembre 27, 2007

Entrevista: Jordi Soler. Escritor

“Franco fue, y sigue siendo, un hijo de puta”

Desde su autoexilio en Barcelona, el escritor Jordi Soler habla sobre el más reciente producto de su factoría: La última hora del último día (RBA,2007).

¿Qué queda del conocido locutor radiofónico con voz inadecuada, de una legendaria estación llamada Rock 101, de la vida del escritor que vive otras voces, otros ámbitos en la geografía literaria?

Hace muchos años que situé a Rock 101 en el lugar que, en mi historia personal, le corresponde: en el de las aventuras de juventud. Fue una época muy divertida, destrampada y vital y, una vez terminada, regresé a lo que he hecho siempre, que es escribir historias. ¿Qué queda de aquel locutor? El mismo escritor de siempre; mi relación con la radio era eminentemente literaria y mis programas no eran más que una extensión de mi escritura.

Ese pasado radiofónico marcó tus primeras novelas, Bocafloja por ejemplo; ¿aún se escuchan ecos de ese tránsito por los micrófonos en tus trabajos más recientes?

En efecto, la radio me acentuó el sentido del oído, me importa mucho cómo se oyen mis novelas, cómo suenan. Invierto mucho tiempo en construir una prosa que tenga cierta musicalidad y que invite a mis lectores a leer algunas partes en voz alta, y esta manía por la musicalidad de la prosa viene de mi oficio más antiguo, que es el de poeta, y la radio, lo que hizo, fue exacerbar esta manía.

La última hora del último día parece estar engarzada con Los rojos de ultramar, la novela anterior. ¿Se trata de una especie de saga?

No, no se trata ni de una saga ni de una continuación; lo que sucede es que en Los rojos descubrí un territorio literario que se parece mucho al de mi infancia, que he extraído directamente de mi memoria y que, curiosamente, comenzó a manifestarse cuando vivía en Dublín, quizá porque esta ciudad irlandesa es un punto emocionalmente equidistante entre Veracruz y Barcelona, el eje que define mi axis mundi. En Los rojos, por ir siguiendo la huella de Arcadi, ese personaje que se parece a mi abuelo, dejé de escribir la vida en La Portuguesa y lo que he hecho en La última hora del último día es aprovechar el plató que dejó la novela anterior.

Estas dos novelas están entrecruzadas por el tema de la Guerra Civil española, ¿por qué te conmueve tanto el tema, si parece algo ya muy superado?

La Guerra Civil española me conmueve especialmente porque determina la historia de mi familia y consecuentemente la mía; sin ese episodio yo no sería quién soy, un escritor híbrido con dos países y dos formas de concebir la literatura. Soy un catalán que nació en Veracruz y que tuvo una infancia selvática, toda una rareza para mis hijos que son de Barcelona, como su abuela, que es mi madre. La única forma de explicar esta filiación excéntrica pasa necesariamente por la Guerra Civil. Por otra parte, el tema de la guerra no está, para nada, superado, es un tema que en España está cada vez más caliente.

El generalísimo Francisco Franco. ¿Qué es lo primero que piensas al evocar a tamaño personaje?

Que fue, y sigue siendo, un hijo de puta.

Por lo que se puede apreciar de La última hora del último día, eres un gran catador de exilios. El del narrador de la novela, ya instalado en Barcelona después de una vida en La Portuguesa y luego en México, ¿finalmente triunfó?

Hay una línea en La última hora del último día que, desde mi punto de vista, es la suma del exilio: “No puedes volver aunque vuelvas”, dice el narrador. Creo que cada exilio, como cada persona, es distinto, y su punto dramático radica en la idea de que es una condición que se arrastra de por vida y que encima se hereda. Yo no soy exiliado, nací en México y vivo en Barcelona porque es una ciudad que me gusta; sin embargo, he heredado el exilio. Por otra parte me parece que esto no puede mirarse en términos de fracaso o triunfo; se trata de una de tantas formas de buscarse la vida.

Háblanos de la terrible Marianne que vive su propio exilio mental.

Marianne es la gran metáfora del libro, una metáfora terrible. Fue la primera criatura, dentro de aquella tribu de exiliados, que nació en México; era hija de Arcadi y Carlota, pero, de manera simbólica, era hija de todos, simbolizaba la esperanza, el renacimiento de una vida truncada por la guerra, la continuidad de estas familias en ultramar; pero resulta que al cumplir tres años se vuelve loca y que ninguno de los personajes supo ver la ruina que su locura vaticinaba.

El protagonista regresa de su exilio barcelonés a La Portuguesa sólo armado de sus recuerdos y de un iPod. ¿Qué música tiene almacenada en su artilugio?

El iPod del protagonista es el mío, se lo he prestado para su aparición en la novela. Hace unos meses, en agosto, cuando el protagonista había dejado de usarlo y me lo había devuelto, me metí por accidente al mar con el artefacto en el bolsillo; unos días más tarde, cuando ya lo daba por muerto, resucitó, con pura música, sin información en la pantalla y sin darme ninguna opción para programarlo, así que desde entonces lo oigo sin saber qué canción va a ponerme, lo oigo con el suspense de quién oye una estación de radio estupenda.

¿Es La última hora del último día tu propia anatomía de la melancolía?

Quizá lo sea para el narrador y sus personajes, no para mí; la melancolía me parece una enfermedad del siglo antepasado que procuro evitar; me siento más nostálgico que melancólico.

¿Qué sigue, Jordi, hacia dónde se dirige tu trabajo literario?

Estoy a la mitad de una nueva novela. Lo que sigue después de la presentación en México y de la FIL, es la versión de mí mismo que más aprecio: la del escritor que empieza a trabajar al alba y, después de una jornada literaria agotadora, se baña a las cinco de la tarde para recibir, limpio y bien afeitado, a su mujer y a sus hijos, esa hermosa realidad que sirve de motor y de sustento para cualquier ficción.

Jairo Calixto Albarrán