lunes, octubre 23, 2006

Should I stay or should I go?

El viernes estuve en el Auditorio Nacional para la toma de protesta de los funcionarios públicos de carrera. Nos citaron a las 07.00 horas y llegamos, claro, a las 07.00. De hecho, una compañera medio matadona de la oficina llegó a las 06.30. El punto es que la mayoría creímos que sólo iba a ser un acto de dos horas y que pronto nos iríamos a desayunar y de regreso a la oficina. Sin embargo, cuando vimos el programa del día, el cual cerraba la Semana de la Innovación Gubernamental, supimos que iba para largo.

Nos tuvimos que aguantar varias conferencias de esas muy al estilo gringo en la que sale un tipo todo simpatía y dueño del escenario a decirnos varias netas gerenciales, algo como con el sello de la casa Miguel Ángel Cornejo. No sé cuánto cobren estos señores (casi siempre ex funcionarios de empresas winners mundiales como General Motors, Toshiba y que encabezan fundaciones raras que siempre terminan en las palabras "Global Assistance"), pero imagino que no debe costar tres pesos traerlos a tirarnos netas de 15 minutos.

Ya como a las 10.00 horas el hambre apretó y tuvimos que salir a buscar algo de comer. Lo único disponible eran los bocadillos --o snacks-- del propio Auditorio: Cocacolas de 20 pesos, hamburguesas de 35, café de 25. Ni modo. Lo curioso fue que uno de los conferenciantes dijo que una de las claves de la motivación del cerebro es alimentarlo bien. "Si comes comida chatarra tendrás un cerebro chatarra", más o menos afirmó. Así que, al menos ese día, en la práctica todos los funcionarios públicos mexicanos teníamos nuestras neuronas rebosantes de chatarra.

Llegó la hora de la verdad al momento en que el presidente arribó al lugar. Mientras todos los que estábamos en las butacas íbamos vestidos como con nuestras mejores prendas (las funcionarias públicas pueden llegar a ser extremadamente sexys, por cierto), Fox hizo su aparición como si se acabara de levantar o como si la Sahagún lo hubiese mandado a por los tamales de al lado de la iglesia para desayunar. Me pareció pésimo que el Ejecutivo llegara con pantalón de vestir, camisa sin corbata y chamarrita de señor bonachón en domingo de resurrección. Sólo lo superó en desparpajo su vocero, Aguilar, quien llegó de mezclilla y chaqueta azul. ¿Qué tal?

Se entregaron los premios Innova, Intragob y otros, y luego nos tomaron protesta a todos los servidores que estábamos apoltronados en los balcones del Auditorio. Por cierto, mi colega Brenda andaba también por ahí porque su empresa (Pemex) se llevó algún reconocimiento. Antes, durante uno de mis recorridos a la pomposamente llamada "Expo", lugar en el que sólo valen la pena los variados bolígrafos que te regalan y las edecanes que te dan una sonrisa de 0.002 segundos, me encontré a dos compañeros de la licenciatura que tenía, mínimo, como ocho años sin verlos.

Se acabó el acto en cuestión y, ante la paradoja de should I stay or should I go, optamos por irnos a comer al Centro Castellano como una especie de curso propedéutico de lo que será nuestra segunda visita al Auditorio en menos de un mes: el próximo viernes 27 a las 20.00 horas para ir a ver a Sabina.

Y vió el burocráta que era bueno.