sábado, mayo 24, 2008

No llegar a la meta

Juan Villoro

A últimas fechas tengo la impresión de que el secreto de la vida está en la posposición: si te retrasas lo suficiente, impides el drama de llegar.

Esta idea, que parece altamente improductiva, no está encaminada a fomentar la desidia sino a replegar el horizonte para ganar un atractivo tiempo extra.

Empezaré mi argumentación con un ejemplo tomado del reino animal (al que pertenecemos, pero que sólo resulta ilustrativo cuando lo vemos desde la platea). Vivo en compañía de Coco, un perro schnauzer con una clara misión en la vida: correr tras una ardilla. Si hubiera nacido en otra casa sus prioridades serían distintas, pero le tocó crecer en un barrio donde las ardillas usan los cables de luz para ir de un árbol a otro. La misión de las ardillas consiste en buscar ilocalizables cacahuates; la de Coco en parar la oreja cuando una rama tiembla con la prometedora presencia de un intruso.

Cada animal persigue un objetivo inalcanzable y así se mantiene en estado de feliz alerta. El novelista español Miguel Barroso me contó una elocuente parábola al respecto. Su padre era criador de galgos que solían animar las tardes persiguiendo una liebre artificial en el galgódromo.

En una ocasión, uno de sus perros tomó la delantera hasta el momento en que hubo una falla de corriente; la liebre eléctrica se descompuso y el perro pudo darle alcance. Atrapar el juguete fue terrible. Durante años, el galgo había corrido en pos de un animal siempre postergado. No hay mayor estímulo que el del anhelo que se alimenta de sí mismo: la esquiva liebre era el horizonte que obligaba a correr. Al final del trayecto, el ganador cruzaba la meta vulgar de los apostadores sin alcanzar nunca la suya.

Cuando el galgo pudo al fin morder su presa sufrió una aguda decepción: su objeto del deseo estaba hecho de metal inapetente. Acto seguido, se deprimió, no quiso volver a correr, dejó de acercarse al plato de las croquetas y tuvo que ser sacrificado.

Este último recurso parece demasiado drástico; sin embargo, quienes saben del tema cuentan que pocas cosas son tan difíciles de sobrellevar como la melancolía de un galgo y que la muerte asistida representa un alivio para una especie que no conoce otra forma del suicidio que matarse de tedio.

¿Sueñan los galgos con liebres eléctricas? Quizá todos lo hacemos, lo único que cambia es el aspecto de lo que perseguimos.

Es obvio que en la vida conviene alcanzar ciertas metas. Sin embargo, la experiencia nos pone en contacto con dos formas de llegar a un fin. Como en los galgódromos, enfrentamos metas alcanzables (el fin de una carrera) y otras que conviene posponer.

Le conté esta anécdota a mi amigo Frank, que analiza muy bien a nuestros conocidos. Como de costumbre, no dijo nada al respecto pero registró el caso. A los pocos días le comenté que me había encontrado a Edwin, un conocido que acaba de recibir un premio importantísimo. Para mi sorpresa, Edwin estaba entre abrumado y sordo. Tuve que gritarle mi felicitación, me vio con ojos borrosos y cambió de tema. Se lo conté a Frank. Su respuesta fue fulminante: "Alcanzó su liebre".

Gracias a esta conversación entendí una historia que Chéjov no llegó a desarrollar, pero dejó anotada en sus cuadernos: "Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida". De acuerdo con Ricardo Piglia, este apunte condensa la forma clásica del cuento. Que un hombre gane y disfrute es una anécdota, incluso una noticia (si el monto es apropiado). Que se castigue por haber ganado es un cuento. El secreto de esa trama consiste en que el final sea a un tiempo sorpresivo y congruente con la psicología del personaje (una oscura lógica debe impulsarlo a sufrir a fondo su victoria).

Me parece que la clave está en la liebre eléctrica. El jugador no se mata porque detesta el triunfo ni porque se siente culpable de revertir sus muchos días de sufrimiento. Se mata porque ya no puede seguir posponiendo lo que anhela. Su vida carece de segundas oportunidades. Obtuvo lo que deseaba, pero eso apenas lo compensa. Una vez alcanzado, lo que valía como propósito adquiere el sabor del metal inerte.

Esta tragedia ocurre cuando el protagonista tiene una meta de la que todo depende. No es casual que ocurra en los deportes. De pronto, una tenista que lo ha ganado todo dice que su oficio no tiene sentido y ofrece una conferencia de prensa donde justifica su retiro con torpes y escasas palabras. Se ha cansado de coleccionar liebres eléctricas, pero no sabe cómo decirlo.

Tal vez el gran Zidane quiso ponerse a salvo del afán de obtenerlo todo y por ello fracasó adrede en su último partido. Estaba a punto de ganar otro Mundial, hazaña inesperada pero no ilógica. La liebre estaba a su alcance, detenida por la diosa Fortuna, y no quiso atraparla. Salió del campo rumbo a la jubilación en la que ya no hay liebres pero en la que podrá soñar con la que dejó escapar.

Mientras escribo estas líneas, Coco, incesante, persigue una ardilla que no alcanzará. Conviene tener varias presas de ese tipo. La liebre eléctrica es símbolo de lo inalcanzable, y la liebre real, de la sorpresa (salta donde menos lo espera el cazador). Si dispones de varias presas perseguibles evitas la decepción del logro absoluto.

Sobran causas que impiden alcanzar el destino que queremos, pero a veces la vida se vuelve rara y nos permite llegar ahí por casualidad: la liebre se descompone y podemos morderla. Entonces la cambiante materia humana se pone a prueba. Cuando la liebre está a la mano, el político corrupto aprovecha para quedarse con la nómina, el triunfador renuente se pega un tiro y el héroe cultiva su último derecho a la derrota.

Al plazo para entregar un artículo se le llama deadline, la línea de muerte. La expresión recuerda los afanes de los galgos: hay que llegar a tiempo, pero dejar que la liebre corra por su cuenta.