lunes, febrero 27, 2006

I can get Satisfaction

Estoy molido. Me duelen las manos, la parte de atrás del estómago y las piernas. No importa. Fue increíble. Fantástico. Indescriptible. Dos horas que se fueron como un suspiro. No paré de aplaudir, gritar y brincar a ratos sobre mi silla. Tuve a los Rolling Stones a menos de 100 metros cuando desplazaron el escenario hasta el centro del Foro. Los vi y los escuché. Lloré con las indicadas: Angie, This place is empty y You can't always get what you want. Desgarré la garganta con Jumpin' Jack Flash, Simpathy for the devil y (I can't get no) Satisfaction. Nadie, ningún grupo puede igualar lo que logran los Rolling Stones. Jamás habrá otros así. Gracias Dios por haberme puesto ahí. ¡Dios Salve a los Rolling Stones!





"Cualquier noche dada, seguimos siendo una banda realmente buena. Algunas, acaso la mejor del mundo. Así que al diablo la prensa y sus críticas de giras de tercera edad. Cretinos. Esperen a tener nuestros años, a ver cómo les va. Les tengo nuevas: seguimos correosos. ¡Cuélguennos, que ni así moriremos!".

Keith Richards





The Rolling Stones hipnotiza a los mexicanos

Solange García

Hablando en español, Mick Jagger dio la bienvenida al público con un ´¡Qué onda, México!´, en el concierto que ofreció el grupo británico en el Foro Sol

Con el sentimiento de armonía absoluta, con el rock and roll, con el diablo y con el placer por el placer, los mexicanos volvieron a ser hipnotizados por los Rolling Stones ayer por la noche en el Foro Sol.

Sus satánicas majestades refrendaron una vez más el porqué de su poderío en la música a más de 40 años de su nacimiento.

Con un escenario que, aunque sobrio, brilló por su espectacularidad gracias a un juego multicolor de luces y a una serie de triángulos tricolores decorando los costados, lo mismo que una enorme pantalla al fondo, las piedras rodantes cimbraron el Foro desde las 21:05 horas.

Una explosión original se dio con una serie de juegos pirotécnicos que dieron la bienvenida a los presentes, quienes sacaron a relucir sus celulares para dar la bienvenida al grupo inglés.

Las contorsiones de Jagger, los gestos poderosos de Keith Richards en la guitarra, la seriedad contundente de Charlie Watts, y la complicidad de Ronnie Wood enloquecieron a la gente, quien de inmediato los ovacionó.

"¿Qué onda, México, eh? Hace ocho años estuvimos aquí, los extrañamos mucho", dijo Jagger en español como bienvenida. Así, "It´s only rock and roll but i like it" y "Jumping jack flash" fueron las dos que arrancaron el concierto.

Mientras algunas canciones de su nuevo disco A bigger band se sucedieron durante la primera hora, clásicos como "Angie" y "Gimme shelter" hicieron que la gente no sólo gritara, sino que se quedara atónita ante el sueño cumplido.

Después de 10 canciones, llenas de energéticos acordes, el grupo fue presentado por el mismo Jagger con motes como El Rey del Mariachi, refiriéndose a Charlie Watts.

Keith Richards, quien fue uno de los más aplaudidos, comentó: "Amigos, es muy bueno regresar, es muy bueno verlos de nuevo a todos. Esto es un amor, un amor, y quiero que escuchen esto", dijo refiriéndose al título de una canción que él interpretó con una guitarra acústica.

La sorpresa de la noche fue cuando parte del escenario principal se desplazó a lo largo de una pasarela mecánica hasta una pequeña plataforma. Ahí, en medio del público privilegiado, la banda interpretó algunos otros clásicos de su repertorio como "Simpaty for the devil".
Jagger no dejó de demostrar la simpatía con el público, incluso señaló: "Es muy chido estar aquí".


La gente gritó al punto del delirio con temas como "Start me up" y "Can´t always get what you want".


Con la canción "Satisfaction", el grupo se despidió. En total, hubo aproximadamente 65 mil personas de tres generaciones que disfrutaron 20 canciones.





Vibrante reencuentro: ''¡Qué onda, México!''

Nancy Escobar Cardoso

“It's only rock 'n roll”. Dos horas de notas que resumen más de cuatro décadas hicieron vibrar al Foro Sol. Poco más de 65 mil personas acudieron al reencuentro con The Rolling Stones y los británicos se entregaron durante 120 minutos dentro de la gira A Bigger Bang.

Fue una noche en la que los jóvenes se empaparon de la música de los sesenta, y los contemporáneos de Jagger, Richards, Watts y Wood, trajeron a la memoria aquellos tiempos en que la suma de amor y rock eran la fórmula para la paz en el mundo.

Los 62 años del vocalista Mick Jagger no fueron impedimento para que sus frenéticos movimientos inundaran un imponente escenario. Una pantalla de alta definición de 12 por 18 metros, cuatro torres con sonido difícil de superar, 150 luces móviles y aproximadamente 500 luminarias no opacaron su rasposa voz ni silenciaron los acordes de un Keith Richards que suma tantas arrugas como experiencia en la guitarra.

El gran estallido se desató luego de un accidentado inicio del grupo telonero, Fobia. Los mexicanos no gozaron del mejor sonido y después de 9 canciones tuvieron que dejar el escenario no sin antes mencionar: “Somos la botana de esta noche, pero en el mejor plato del mundo: la ciudad de México”.

En punto de las 21:05, los Rolling Stones, legendarios músicos ingleses fueron recibidos con un despliegue de fuegos artificiales que iluminaron el cielo de una fría ciudad, y el reencuentro inició con Jumping Jack Flash.

Y entre el público, muchos vientres abultados, calvas brillantes y melenas canosas, abuelos inculcando a la tercera generación el ritmo que los marcó. You got me rockin dio la pauta a Mick Jagger para soltar las primeras de muchas palabras en un atropellado español: “¡Qué onda México! Estuvimos fuera ocho años, los extrañamos mucho”.

Oh no, not you again y Midnight rambler y Is a empty space without you calentaron el ambiente antes de que una iluminación rojo encendido, humo blanco y cambio de ropa negra permitieran a los fans escuchar Sympathy For The Devil y completar así el aquelarre.

Con las primeras notas de Honky tonk women” el escenario comenzó a desplazarse hasta quedar al centro del Foro Sol y sorprender a los fans que pudieron casi salpicarse del sudor de Jagger, quien dicho sea de paso demostró que de los Rolling lo que más destaca es el culto a la personalidad del famoso músico.

Seis cambios de ropa, 22 canciones en total, dos coristas y seis músicos de apoyo completaron un profesional espectáculo que los asistentes resumieron en Satisfaction, la última rola que se escuchó.





Anoche, concierto muy superior a los de años anteriores

Los Rolling Stones se reivindican con México

Como si cuatro décadas no hubieran transcurrido, estos adolescentes sesentones apostaron por sus éxitos de siempre

JAIME AVILES

Y la tercera fue la vencida. Después del chasco de Voodoo Lounge en 1995 y del magno acto fallido que fueron los Puentes a Babilonia en 1998, con la más grande explosión de todos los tiempos (A Bigger Bang) los Rolling Stones entregaron anoche el mejor y excelso y exquisito y adjetivable concierto de su historia en la ciudad de México.


Si de algo puede dar fe esta crónica es de que Mick Jagger no suda, Keith Richards tiene el aspecto de un muégano, Rony Woods parece un Pinocho de cera con la nariz derretida por la edad y Charly Watts no evidencia el cáncer que lo está matando, pero los cuatro adolescentes sesentones que anoche se encontraron en el escenario del Foro Sol para ofrecer una retrospectiva de su obra estaban en la plenitud de la plenitud.

Mientras Voodoo Lounge fue un espectáculo de teatro de gran guiñol, con títeres colosales que se inflaban y se movían con la gracia de un entretenimiento para párvulos, en tanto el sonido era idéntico al de las cintas y los discos del mercado -paradójica perfección que lograba ser tan idéntica a sí misma que parecía más bien un vil truco de play back-, y a su vez los Puentes a Babilonia eran pretexto para otros alardes tecnológicos -del centro del escenario surgía un monstruo metálico que en realidad era la cabeza de un gusano que en realidad era un telescopio que en realidad era un arco para conectarnos con el pasado, cuando las satánicas majestades tocaban en antritos con una bataca, un bajo (el del difunto Brian Jones), un requinto, una guitarra acústica y una armónica-, en esta ocasión los Rolling hicieron una apuesta basada fundamentalmente en la música, su esencia, su razón de ser, su seña de identidad y la lápida bajo la cual son ya inmortales.

Metáfora de heroína

Más allá del bien y del mal, los Rolling están muy lejos de ser una empresa ambulante que vende sus más recientes productos en los pueblos del camino; cómo pasa usted a creer. Nada de giras promocionales para colocar en la lista del hit parade su nuevo disco. En el virtuosísimo concierto de anoche ejecutaron sólo dos temas de A Bigger Bang (la más grande de todas las explosiones fundacionales del universo, hay que insistir en la nostálgica y orgásmica intención del título de su álbum más fresco) y, por el contrario, se dieron el lujo de abrir con Jumping Jack Flash para cerrar, una hora y 58 minutos más tarde, con Satisfaction.

Fue como si no hubieran transcurrido más de 40 años, desde principios de la década de los 60 -cuando eran unos muchachos imberbes y andróginos y borrachos y drogadictos y promiscuos y reventados y descreídos y rencorosos y enemigos de la moral conservadora-, hasta el día de hoy en que, traicionando todos los emblemas de su rebelión juvenil, pero sobre todo traicionándose descaradamente a sí mismos (lo que por lo visto se perdonaron sin mayor problema), representan lo mejor, lo más alto y lo más entrañable de la civilización occidental.


Sin renunciar del todo a la metáfora del escenario que se expande como un falo impulsado por la invasión sanguínea de los cuerpos cavernosos, los Stones repitieron anoche el truco de la plataforma que se desplaza -ahora sobre un riel- hasta el centro del gigantesco patio de lunetas. A lo largo de su viaje de ida y vuelta recibieron sostenes y calzones femeninos, y miles de disparos de cámaras incrustadas en teléfonos celulares, mientras unos guaruras rubios y gordos, robados al staff de la Casa Blanca de míster George WC Bush -a quien no le tocaron Sweet new con (dulce neoconservador)-, los escoltaban escudriñando a la eufórica multitud.

Delgado y con mínimas nalgas como las que lucen en nuestros días las señoritas anoréxicas de la clase media, más femenino que nunca, dueño de una agilidad extraordinaria y, a diferencia de sus dos visitas anteriores, simpatiquísimo, relajado y champurreando frasecitas en español -"hace ocho años estuvimos aquí, los extrañamos mucho", "es chido estar en Méxicou"-, el maestrísimo Jagger bailó, saltó y cantó mejor que nunca en estas tierras, sujeto a un sencillo repertorio que incluyó grandes éxitos como It's only rock & roll but I like it, Tumbling dice (dados cargados), Angie, Midnigth Rambler (vagabundo de media noche), Honky Tonk Women, Happy, Brown Sugar, Get off of my cloud, You can't always get what you want, Simpatía por el chamuco (que no por el chamaco) y I can't get no...

Keith Richards, a su vez, cantó Empty whitout you ("este lugar, sabes, está vacío sin ti''), aunque todo el mundo hubiese querido oírle aquellos versos de "ey, quiero decirte por principio que soy el peor muchacho que debería estar contigo", pero de todos modos la muchedumbre lo acarició con sus aplausos en premio a su grandísima consecuencia.

Porque si Jagger se hizo rico y famoso disfrazándose de rebelde para convertirse en un hijo de puta que cantó para los soldados ingleses que Margaret Thatcher envió a las Malvinas y se desdijo de sus panegíricos en favor de las drogas duras como Brown Sugar (metáfora de heroína, según el maestro Hermann Bellinghausen), o como Flores muertas ("allá vas en tu Cadillac rosado y yo estoy aquí en mi sótano con una cucharita y una jeringa"), Richards se metió por las venas, por las narices y por los pulmones todo lo habido y por haber, y a pesar de todo sigue tan campante, le decía a este cronista un anciano que sin parar de brincar y gritar a todo pulmón los versos de Angie se sacaba los dientes postizos y se los metía de nuevo en las deshabitadas encías con aire retador.

''¿Cuánta gente cabe aquí?", preguntó el fotógrafo Pedro Cote a uno de los incontables muchachos del esquema de seguridad, y el joven, por cuya boca hablaban la Secretaría de Educación Pública y Televisa y el rigor científico inculcado a las nuevas generaciones por los dueños del país, respondió: ''No sé, como 20 mil, 30 mil o 40 mil''. Nada más pero nada menos. Por el contrario, el vigilante David Morales, ante la misma curiosidad, afirmó sin vacilaciones que el cupo era de 70 mil "con sillas", porque sin éstas, desde luego, sería de más.

Lo que pasa, agregó, es que ''las sillas las ponen porque viene mucha gente de la tercera edad". Y tenía razón: los Rolling tocaron para viejitos y viejitas que crecieron con ellos en la rebeldía y en la inconformidad y que hoy, en el caso de México, integran la combativa generación que hace un año se opuso al desafuero de Andrés Manuel López Obrador y dentro de cuatro meses trazará el rumbo inmediato del país. Pero, sociologías al margen, qué deliciosa y genuina y maravillosamente sonaron anoche en la ciudad de México los Rolling Stones.