jueves, abril 20, 2006

El miedo y el odio como estrategia política

Lorenzo Meyer

Los spots que indican que López Obrador es un peligro para México tratan no tanto de lograr respaldo ciudadano sino de quitárselo al perredismo

Roosevelt

"A lo único que debemos tenerle miedo es al miedo mismo", afirmó el presidente Franklin D. Roosevelt al inicio de su primer gobierno en 1933, cuando Estados Unidos se encontraba sumido en la Gran Depresión. El mandatario norteamericano se estaba haciendo eco de lo dicho 82 años antes por otro de sus conciudadanos: el poeta Henry David Thoreau: "a nada hay que tenerle tanto miedo como al miedo".

Temerle al miedo es un enfoque positivo de la política para quienes son como Thoreau -un romántico, un crítico de la guerra imperialista de su país contra México y un acérrimo defensor de las libertades civiles- o Roosevelt, que para su época y circunstancias era un reformista que casi resultó revolucionario. Sin embargo, para los que se encuentran en el lado opuesto del espectro político y filosófico -los conservadores del orden existente- la del miedo puede resultar una política muy natural y conveniente. Desde esta última perspectiva se trataría de lograr que la sociedad, al menos una parte importante de la misma, quede presa del temor para luego manipularla en defensa de lo establecido y contra la posibilidad del cambio.

Fomentar el miedo

El temor es un estado de ánimo caracterizado por la aprehensión o la angustia y provocado por la anticipación de un dolor o de una situación desagradable, peligrosa. El miedo varía entre la mera ansiedad y el terror. Tal estado de ánimo puede ser resultado de hechos objetivos pero también puede serlo de situaciones falsas, de meras fabricaciones de la imaginación, que pueden ser de elaboración propia o inducidas.

Es difícil saber si, ante la incertidumbre electoral, la derecha tiene un miedo genuino o, como ha sugerido Carlos Monsiváis, lo que realmente la mueve es menos el temor y más el odio por quienes se atreven a poner en duda su derecho "natural" a mantener el poder (Proceso, 16 de abril, 2006). Como sea, lo que ya ha quedado claro tras la campaña de los spots televisivos del miedo patrocinados por el Partido Acción Nacional (PAN), es que esa organización, en tanto representante de los intereses y visión del mundo de una parte importante de las derechas mexicanas, ya decidió que el eje de su política en el cierre de la campaña electoral debe ser de línea dura en una estrategia que haga de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) -la cabeza de lo que se puede considerar una fuerza de izquierda moderada- un personaje al que se debe de temer por ser un peligro para el proyecto nacional. Por ello, el corazón del discurso panista es tan simple como contundente: si AMLO gana en las urnas, la economía de México entrará una vez más en crisis y el país se despeñará al abismo.

La creación y manipulación de un sentimiento de ansiedad y angustia por vía de spots televisivos no sustentados en la realidad y truculentos -AMLO significa corrupción sin contrapeso, AMLO significa autoritarismo, AMLO significa endeudamiento sin límite, AMLO significa, en fin, "un peligro para México"- es hoy por hoy la vía no tanto para ganar el respaldo de la mayoría ciudadana sino para quitárselo a la izquierda, para impedir una repetición de 1988, cuando Carlos Salinas "tuvo" que ganar la Presidencia después de las elecciones.

Al borde del abismo

En el 2006 ya no es posible recurrir a la misma solución de hace tres sexenios frente a una victoria de la izquierda: el fraude masivo. No existe ya el partido de Estado de aquel entonces ni el clima anticomunista que llevó a que el resto del mundo se mantuviera indiferente al engaño que se cometió en México. Hoy, el fraude masivo, si no imposible, sí sería muy difícil y costoso. En tales circunstancias, la alternativa era primero el desafuero y, fracasado este plan, despertar y aprovechar a favor del PAN los programas sociales (Oportunidades) y los miedos colectivos de una sociedad cuya cultura cívica es bastante conservadora. La idea es que al generar temor, el receptor reaccione refugiándose en lo que ya conoce: en la continuidad de las políticas y del tono de la administración actual.

Se grita 'que viene el lobo', pero ese lobo no existe

Objetivamente, hoy la derecha mexicana no tiene realmente una razón de fondo para querer colocar al temor y al choque abierto como el centro de la visión política mexicana. Su adversario, la izquierda, está en una posición precaria, pues sus adversarios, el PAN y el PRI, están en posibilidad de refrendar su mayoría a todo lo largo del espectro político, desde el nivel municipal hasta el Congreso federal. México, además, es un país católico y la Iglesia Católica es fundamentalmente conservadora. El Estado ya no tiene el control de la economía; el neoliberalismo se ha encargado de privatizar todo lo importante salvo Pemex y la CFE. Hoy, el Estado mexicano es relativamente débil y el sector privado más fuerte que en el pasado; la llamada "Ley Televisa" es sólo el último ejemplo de cómo el gran capital ha capturado ya áreas estratégicas y limitado la posibilidad de una rectoría efectiva de lo público desde lo público.

Al volver la vista al sector internacional, es claro que poco importa que Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Chile o Uruguay tengan a alguna forma de izquierda en el poder. El hecho contundente e inescapable para México es su vecindad y asociación económica formal con la única superpotencia que existe, una donde hoy domina una visión de lo político y social extraordinariamente conservadora. Además, y pese a que el anticomunismo parece ser aún parte viva de la conciencia conservadora en México, por ahora el capitalismo, el mercado y la globalización son las fuerzas determinantes en esta parte del mundo y nuestro país no tiene más alternativa que adaptarse a tan apabullante constelación de poderes defensores incondicionales de los intereses reales de las derechas.

¿Qué es lo que realmente está en juego?

La independencia del Banco de México, las enormes limitaciones de un Estado endeudado y que apenas cuenta con el 11 por ciento o 12 por ciento del PIB o el que el sector público tenga que depender de una industria petrolera que las últimas administraciones han dejado en bancarrota, no le permitirían mucho margen de maniobra a una administración perredista. Sin embargo, AMLO y los suyos estarían obligados, en caso de lograr un triunfo en las urnas, a introducir algunos cambios. Y es aquí donde está el origen del temor de sus adversarios.

En primer lugar, AMLO tendrá que examinar las áreas obscuras de la administración foxista, empezando por las cuentas de la familia presidencial, y armar bien los casos en contra de los grandes corruptos del pasado. Tendría que modificar en algo el modelo económico para crear fuentes de trabajo y rescatar ciertas áreas hoy abandonadas por el Estado. Un perredismo en el poder estaría obligado a enfrentar a esos intereses financieros que usaron ilegítimamente al Fobaproa o mejorar la raquítica recaudación impositiva y cumplir la promesa de disminuir en algo la gran injusticia social. En fin, un cambio de partido en el gobierno dejaría fuera del presupuesto y con un futuro incierto a una buena parte de la alta burocracia afín al grupo hoy gobernante.

Los factores anteriores, y otros similares, son las razones que realmente explican esa mezcla de miedo y odio que se percibe en la propaganda política de los que hasta hoy gobiernan y que siguen atrás en las encuestas. Obviamente, esas razones no son equivalentes a un peligro para México, aunque sí para algunos a los que un cambio les afectaría sus intereses materiales y su dominio social y político.

Conclusión

Ya hace casi un siglo, una propuesta de cambio moderado -la de Francisco I. Madero y su partido- fue finalmente ahogada por un fraude primero y una política de miedo después; al final todo desembocó en una tragedia y en una explosión social masiva. Lo acontecido en 1968 y en la guerra sucia que siguió es otro ejemplo de las consecuencias negativas de las políticas del miedo. Finalmente, una elección dominada por un ambiente de temor en 1994 prolongó innecesariamente el largo dominio del sistema autoritario.

Quizá la dinámica negativa en la que ha entrado la contienda política ya sea irreversible. Sin embargo, en tanto ciudadanos, estamos obligados a resistir y rechazar este tipo de política. La democracia simplemente no puede prosperar o incluso sobrevivir en un ambiente donde el interés central de una parte del discurso es convencer de que el adversario no es tal sino un enemigo de la nación y que debe ser detenido "a como dé lugar". La salud y la unidad de México requieren que desde la sociedad se rechace de manera clara, definitiva, la idea de "nosotros o el diluvio".