lunes, noviembre 14, 2005

La rebelión de las masas

Hay que intentar volver un poco a la normalidad.

En Francia arden los coches. Hoy he visto un cartón muy bueno --creo que en Reforma-- donde el autor hace un paralelismo con lo que sucedía en 1968 y lo que ha pasado estas noches de otoño. En el primer caso el lema era "la imaginación al poder". En el segundo "la marginación al poder".

Mucha gente ha soltado un rollo de tolerancia y armonía que, en mi opinión, no tarda mucho en sostenerse. Es decir, desde aquí nuestros analistas dicen que el problema en los suburbios parisinos se debe a que los franceses no dejan integrarse a los migrantes de sus ex colonias (algo parecido a los norteamericanos como Huntington y nuestros paisanos). Un argumento simplista, en mi opinión. El punto --pienso-- no está en sólo abrirles las fronteras y darles asilo. A final de cuentas es cierto, los mozambiqueños, marroquíes, argelinos, turcos y demás están ahí porque alguna vez ellos, es decir los europeos, estuvieron allá. Sí. Pero eso no quiere decir que la gente no tenga derecho a defender lo suyo. Ya quisiera ver que nosotros estuviésemos en una situación similar. Claro que seríamos intolerantes con los extranjeros, con los extraños, con los foráneos. Me refiero a que quizás no con un alto grado de violencia los mexicanos reaccionaríamos de manera hostil con los visitantes, pero sí veríamos con reservas el que otros llegasen a nuestro sitio. Nosotros hablamos desde el otro lado de la situación: la de los países pobres que buscan mejores oportunidades. Pero, ¿y si fuésemos los ricos? ¿En serio seríamos tan buena onda para permitir que centroamericanos y sudamericanos vinieran a instalarse a nuestro país y, además, a exigir que se les diese empleo, seguridad social, vivienda y demás beneficios, en especial cuando dichos temas no han sido resueltos en grados razonables para los locales?

De hecho, escribo esto y pienso en las reacciones que he visto en mucha gente con la llegada de una oleada de argentinos a México en los últimos años. Al principio, todos deslumbrados y hospitalarios con estos. Claro, arremetieron con furia en empleos como el modelaje y la conducción. Pero, ¿después? Al menos mucha gente que conozco dice ya basta de argentinos en México. Y eso que no somos un país que se caracterice por recibir marejadas de migrantes con el fin de quedarse a vivir aquí. En México casi no hay negros, ni árabes, ni musulmanes. Pero, ¿qué importa? Con nuestros ejemplos sobra. Ahí están, como muestra, los problemas entre católicos y evangélicos tanto en Chiapas como en Hidalgo, también los incontables conflictos por fronteras territoriales entre n ciudades del país (por ejemplo, Puebla y Cholula). ¿Qué me dicen del trato que le dan a los provincianos en el DF y, claro, de estos en las ciudades de provincia? No me digan que un migrante cuando regresa a su terruño con súper camioneta y costumbres pochas no ejerce un cierto tipo de discriminación contra su gente, a la que ahora considera, digamos, atrasada e inferior.

Mi punto no es justificar la violencia ni de un lado ni de otro. Más bien estoy por decir que, en primera instancia, los problemas no vienen de las decisiones del gobierno francés o de los migrantes de los suburbios, sino de los gobiernos de esos países pobres que, enfrascados en la corrupción hasta la médula, no proveen las condiciones necesarias para que sus habitantes no tengan la necesidad de salir a exponer la vida en ambientes agrestes. Y eso incluye, pero por supuesto, al nuestro. Vivimos en un planeta global que lo que ha generado es un sentimiento radical sobre lo local.



(Re)leer a Ortega
ROGER JIMÉNEZ


La historia se repite con tediosa puntualidad. De la violencia que crepita en Francia parece que sólo nos interesa saber si está confinada al mapa galo o si nos despertaremos un día con los “bárbaros” en nuestro dormitorio. De nuevo acuden interpretaciones y análisis, unos menos afortunados y solventes que otros, sobre el efecto thermidor en el país vecino, cuando bastaba con releer (o leer, según cada caso) “La rebelión de las masas”, el profético libro que escribió Ortega y Gasset hace 75 años y que hoy resulta tan actual como entonces.

El capítulo titulado “Por qué las masas intervienen en todo y por qué sólo intervienen violentamente” es sorprendentemente esclarecedor del fenómeno y sus consecuencias en Europa, donde lo nuevo, afirma el filósofo y humanista, “es acabar con las discusiones, y se detesta toda forma de convivencia que por sí misma implique acatamiento de normas objetivas, desde la conversación hasta el Parlamento pasando por la ciencia. Esto quiere decir que se renuncia a la convivencia de cultura, que es una convivencia bajo normas, y se retrocede a una convivencia bárbara. Se suprimen todos los trámites normales y se va directamente a la imposición de lo que se desea. El hermetismo del alma (...) que empuja a la masa para que intervenga en toda la vida pública, la lleva también, inexorablemente, a un procedimiento único de intervención: la acción directa”.

En nuestro país no asistimos, hoy por hoy, a la combustión de coches en cadena, pero sí a una violencia verbal que nos otorga el sospechoso privilegio de vivir en el territorio con la mayor densidad de malhablados por kilómetro cuadrado en el mundo. Las grandes cuestiones merecedoras de debate se resuelven muchas veces con sonidos que van de los pulmones a la boca sin pasar por la mente. Existe, además, un pseudoperiodismo que escenifica polémicas artificiales para alentar el conflicto y la provocación. Las discusiones que escuchamos o leemos en ciertos medios tienen poco o nada que ver con la misión del periodismo de ilustrar al ciudadano y sí con dudosas causas ajenas al verdadero trabajo del periodista. De este modo, han convertido el insulto en un género literario. “Me gusta ser el único que habla –decía un dictador sudamericano-, me ahorra tiempo y discusiones.”

También Ortega se ocupó se este fenómeno tan nuestro con admirable precisión: “La escasez de la cultura intelectual española se manifiesta, no en que se sepa más o menos, sino en la habitual falta de cautela y cuidados para ajustarse a la verdad que suelen mostrar los que hablan y escriben. No, pues, en que se acierte o no –la verdad no está en nuestra mano-, sino en la falta de escrúpulo que lleva a no cumplir los requisitos elementales para acertar. Seguimos siendo el eterno cura de aldea que rebate triunfante al maniqueo sin haberse ocupado antes de averiguar lo que piensa el maniqueo”. Lo dicho, (re)leer a Ortega.