jueves, junio 12, 2008

Sandra Aamodt, editora de ´Nature Neuroscience´; autora de ´Entra en tu cerebro'.

"La realidad sólo es una ilusión, pero muy persistente".

LLUÍS AMIGUET


Estoy en los 40: bastante madura para la estabilidad emocional y aún joven para mantener buena memoria. Nací en San Francisco. Casada con otro neurólogo: él es mi niño y yo su niña. Voté por Obama: su reputación sufrirá ahora todos los efectos de la amnesia de fuentes.

¿Cómo podemos usar más del 10% del cerebro?

¡Qué tontería! Todos usamos todo el cerebro: algunos mejor que otros.

Siempre me dijeron que sólo usamos una parte del cerebro.

Eso se lo inventó Dale Carnegie para vender más libros: a la gente le hace ilusión imaginarse que tiene poderes ocultos...

... Pero no se molesta en usarlos...

"¡Ah, pero el día en que los use, se van a enterar!". Carnegie era un embustero encantador y atribuyó arbitrariamente esa falsedad del 10% a un psicólogo famoso y serio, el bueno de William James, quien jamás dijo nada parecido y lo desmintió siempre que pudo. Esa mentira nos gratifica el ego.

... Y vendía libros de autoayuda.

Sí, libros como Aprenda a utilizar todo su potencial mental y otros por el estilo.

¿Así que no me dará ningún truquito?

Puedo advertirle acerca de lo mal construido que está nuestro cerebro y de las enormes deficiencias que tiene...

¡Pero si es un mecanismo prodigioso!

Esa cantinela es creacionista: Dios es un ser perfecto, ergo nos hizo perfectos, aunque a veces no nos lo parezca. Los documentales a lo Walt Disney profundizaron en esa línea tan grata y confortadora: ¡somos maravillas!

Creerlo sube mucho la moral.

Pues, pese a los documentales para hacernos sentirnos maravillosos y a Walt Disney y al Dios omnipotente, la realidad es que nuestro cerebro y nosotros somos productos imperfectos - a veces, mucho- de un proceso irregular lleno de dudas, errores, retrocesos y avances: la evolución.

A ver: dígame dónde ve los fallos.

Como somos producto de una cadena evolutiva, no podemos reconstruir ex novo nuestros mecanismos fallidos en la adaptación al medio. Sólo podemos mejorar a partir de lo heredado, y eso es como construir un F-1 sobre un chasis de utilitario: correrá, pero renqueante. Por eso la evolución es imperfecta. Y nosotros y nuestros cerebros, también.

Por ejemplo...

Cuando nos dicen algo impactante, tendemos a recordarlo, pero pronto olvidamos quién nos lo dijo... ¡y si era cierto o falso!

Por eso, calumnia, que algo queda.

Sobre ese fallo mental evolutivo, la source amnesia,fraguó Goebbels el holocausto, y por ese fallo se han hundido millones de reputaciones. Si a usted le dicen que un conocido ha matado a su perro a golpes y al día siguiente lo desmienten con datos fehacientes, a los seis meses usted seguirá asociando quiera o no a esa persona con ese acto repugnante... ¡Y llegará a olvidar que era falso!

Siempre puedes desmentir...

El desmentido suele ser contraproducente, porque reafirma emocionalmente la calumnia. Con la edad, esa amnesia de fuentes se agudiza y hace la calumnia más efectiva.

¿No hay nada bueno en envejecer?

Mucho. Con los años, la bioquímica cerebral proporciona estabilidad emocional y templanza frente a la adversidad. La madurez nos hace más positivos ante la vida y - está demostrado empíricamente- más capaces de disfrutar lo bueno y relativizar lo malo. El joven es más radical porque su bioquímica no le permite tomar distancia frente a los hechos: eso le hace más insatisfecho.

Ahora dígame lo malo de cumplir años.

La memoria empieza a perderse a los 30 y la función ejecutiva a los 60, pero haciendo ejercicio tres veces por semana treinta minutos se puede moderar esta pérdida.

¿Más taras de nuestra mente genial?

Cada vez que recordamos algo, lo cambiamos: nunca recordamos lo mismo igual.

La memoria es un país en el que todos somos extranjeros.

Porque nuestro cerebro funciona como un ordenador que cada vez que cargara un archivo de su memoria perdiera una parte de los datos. Lo que hacemos para que el recuerdo siga teniendo sentido es rellenar esos agujeros de contenido con invenciones en función de nuestras conveniencias, por eso embellecemos nuestros recuerdos.

Cualquier tiempo pasado fue anterior.

El cerebro nos miente siempre. La realidad es sólo una ilusión, pero, como añadía Einstein, muy persistente. El cerebro genera todos los procesos mentales de tu existencia, o sea: tu percepción de la realidad. Y rara vez te dice la verdad, pero casi siempre te dice lo que necesitas saber para subsistir.

Ya es mucho, cerebrito mío.

Es mucho más de lo que te dice la mayoría de los amigos. Pero no por ello deje de frecuentarlos. La palabra clave para la salud de su cerebro es conexión:somos poderosísimas máquinas asociativas, y ese poder crea nuestro lenguaje y los mecanismos simbólicos, metafóricos y de asociación que las máquinas no han conseguido emular.

¿Oír música hace más listo al bebé?

Otra leyenda neurológica. Lo que sí hace inteligente a cualquiera es aprender a tocar un instrumento, porque mejora otras habilidades aun sin advertirlo, como, por ejemplo, las espaciales, tan importantes para el arte y la arquitectura. Al aprender a realizar cualquier nueva actividad a cualquier edad, estableces nuevas conexiones neuronales y todo el cerebro se beneficia de ellas.

Todo está conectado si sabes verlo.

Y desconectarse es morir. Por eso insisto a mis pacientes: "Formen redes, agrúpense; conéctense y vivirán más y mejor. Márquense retos y metas y conéctense para realizarlos, y frenarán la vejez".


Con f minúscula

El éxito es conseguir lo que quieres; la felicidad, querer lo que has conseguido. Si persistimos en el arte de existir, nuestra bioquímica - ¡gracias, cerebrito!- nos hace más aptos para la felicidad que para el éxito, ese gran impostor. Los años enseñan a nuestra mente a gratificar con pequeñas descargas placenteras nuestras íntimas satisfacciones cotidianas. Un paseo, saludar a un amigo o la caricia del sol saben mejor con la madurez que todos los honores y medallas anhelados en la adolescencia. Para la neurología, la felicidad se logra con el discreto placer de cada día y no con el subidón mayúsculo del triunfador. Si aprendes a disfrutar la vida con minúscula, podrás celebrarla con titulares.